jueves, marzo 10, 2005

Songs from the second floor

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No sé de cine. No voy mucho al cine. Tengo amigos que sí saben y me recomiendan películas. Ahora bien, creo que no hay que saber de cine para que una película te haga sentir, y eso precisamente me pasó con esta. Ante todo, desasosiego, una sensación de esperar algo, sin saber qué. Desde que empieza te das cuenta que la ciudad tiene un problema, o varios: La magia no hace trucos, la flor de la juventud es sacrificada como en una escena del medioevo, los carros no avanzan en un tapón eterno, la religión no conforta preocupada en asuntos materiales...
Si a todo esto se le añade una fotografía excelente, actuaciones excelentes, situaciones de risas entre dientes, la dirección de Roy Anderssons y el poema Traspié entre dos estrellas de César Vallejo, bueno, tienen que verla.
Ganadora del premio del jurado en Cannes 2000.


TRASPIE ENTRE DOS ESTRELLAS de C. Vallejo.

¡Hay gentes tan desgraciadas, que ni siquiera
tienen cuerpo; cuantitativo el pelo,
baja, en pulgadas, la genial pesadumbre;
el modo, arriba;
no me busques, la muela del olvido,
parecen salir del aire, sumar suspiros mentalmente, oír
claros azotes en sus paladares!

Vanse de su piel, rascándose el sarcófago en que nacen
y suben por su muerte de hora en hora
y caen, a lo largo de su alfabeto gélido, hasta el suelo.

¡Ay de tánto! ¡ay de tan poco! ¡ay de ellas!
¡Ay en mi cuarto, oyéndolas con lentes!
¡Ay en mi tórax, cuando compran trajes!
¡Ay de mi mugre blanca, en su hez mancomunada!

¡Amadas sean las orejas sánchez,
amadas las personas que se sientan,
amado el desconocido y su señora,
el prójimo con mangas, cuello y ojos!

¡Amado sea aquel que tiene chinches,
el que lleva zapato roto bajo la lluvia,
el que vela el cadáver de un pan con dos cerillas,
el que se coge un dedo en una puerta,
el que no tiene cumpleaños,
el que perdió su sombra en un incendio,
el animal, el que parece un loro,
el que parece un hombre, el pobre rico,
el puro miserable, el pobre pobre!

¡Amado sea
el que tiene hambre o sed, pero no tiene
hambre con qué saciar toda su sed,
ni sed con qué saciar todas sus hambres!

¡Amado sea el que trabaja al día, al mes, a la hora,
el que suda de pena o de vergüenza,
aquel que va, por orden de sus manos, al cinema,
el que paga con lo que le falta,
el que duerme de espaldas,
el que ya no recuerda su niñez; amado sea
el calvo sin sombrero,
el justo sin espinas,
el ladrón sin rosas,
el que lleva reloj y ha visto a Dios,
el que tiene un honor y no fallece!

¡Amado sea el niño, que cae y aún llora
y el hombre que ha caído y ya no llora!

¡Ay de tánto! ¡Ay de tan poco! ¡Ay de ellos!





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