miércoles, julio 11, 2012

Bonao Revisited (from Summertime)

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Regresé a mi pueblo después de 10 años. Tia Fe vino de Nueva York, me llamó para decirme que no se iba sin verme. Mamatita está vieja, cualquier día se muere. Marcelino me dijo que Natalia había regresado para quedarse en Bonao, con una hijita y un divorcio. Esa era la verdadera razón de mi visita. Tía Fe, Mamatita, Marcelino, me dan tres pitos.

La guagua, perseguida desde la entrada a Bonao por 900 motoconchistas, rémoras recogiendo las virutas de una ballena, me dejó en la parada de la calle Duarte. Todos los pueblos dominicanos tienen una calle Duarte: sucia, manchas de aceite en el asfalto, agua negra en los contenes, miles de personas caminando de arriba para abajo esperando un platillo volador que toque a Lou Reed y los salve de la miseria y el aburrimiento.

Tenía dos opciones para llegar a la casa de Mamatita: caminando, o saltar en una de las 900 Hondas 70, la venganza japonesa, conducida por una bestia que vendió su tierra y sus caballos para andar a mil transportando pasajeros por unos pesos, lo justo para la gasolina y el ron. Debería caerles un rayo.
Decidí caminar hacia mi infancia.

La casa del loco que nos hacía correr cuando le voceábamos "Orlando, ¿ya te vas para Nueva York?", está abandonada. La hierba ha devorado las hortensias. Marcelino me contó que Orlando se ahorcó después de apuñalar a su mamá. La eutanasia perpetrada por la demencia.

La avenida Circunvalación, antes amparada por la sombra de inmensos framboyanes rojos y amarillos, hoy hierve de ventas de repuestos para vehículos Hondas, Yamahas, Sangyangs, Daihatsus.
Nadie cultiva un jardín. Nadie se enamora en el parque. Todos los caballos han huido.
¿Quién desea vivir en un pueblo caricatura de ciudad? Aquí la delicuencia, el ruido y la inmundicia van mano a mano con la capital, pero no aparece Vodka Stolishnaya, pero no hay librerías, pero pides pancakes y te sirven harina El Negrito.

–¿Tú no ere familia de Marcelino?
– Sí, sobrino y primo...
– Diablo, son igualito.
– Ajá
– ¿Y tú no fuite a la loma, donde Salomón?
– Claro, muchísima vece...
– ¿Tú ere Juancito?
– Ajá.
– ¿Y tú no te acuerda de mí?, yo soy Teresita...

Era Teresita, o una anciana que pretendía ser Teresita. Teresita, mi primita, la que se bañaba conmigo en la poza de Piedra Gorda, piel tersa y erizada, cabellos marrones dorados de sol. Ahora parecía que había sido atropellada por un camión, varias veces. Imagino que ella pensó lo mismo de mí. Eso hacen la distancia y el tiempo, te convierten en espejo, en termómetro de vejez. Acaso Brodsky tiene razón: La decrepitud, es la vida futura.
Regresé sobre mis pasos.
Esperé la guagua de las 6 a la capital.
Adiós Teresita.


(may, 2005)





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