viernes, junio 03, 2005

Ein Traum on a OMSA

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Tos, pañuelo bordado con gotas rojas, orejas grandes, Kafka mira a través del vidrio de la guagua. A su lado el padre, “no te cases porque una mujer te ha mostrado los hombros”.
La guagua sale del túnel, se respira otra vez.
Debajo del asiento de la esquina, en un lecho de fundas vacías de Frito Lays, una gata amarilla amamanta cuatro gaticos.
La guagua se detiene. Sube Toño con un turbante rojo, despliega un tapiz de arabescos sobre el piso, se hinca de cara al este, alza los brazos y canta rubaiyat de Omar Khayyan:

"Sabe pol qué
el gallo al depuntal el alba
con su canto agudo se lamenta
polque vio reflejao en el epejo de la mañana
que ha pasao una noche en tu vida sin que te diera cuenta."

¿Qué día es hoy?
¿Regreso o voy?
Siento la libertad del ocio, pero voy al Banco. Debo empezar a meterme números bajo los párpados. ¿Cómo lo quiere? ¿Billetes de 20? Buenos días. 5 de 20; 2 de 100; 3 de 50; no olvide los pesos. No, no abrimos los domingos en la noche. Sí, tenemos una sucursal en el Ozama.

La guagua se detiene. Sube una anciana en silla de ruedas empujada por un niño en muletas. “Si tan sólo el doctor no diera esperanzas fuera más fácil. Yo creo en el desahucio, es más humano, y más barato, claro”.
La ciudad en movimiento sólo es sombras de edificios feos y cuadrados, diseñados por ingenieros. No hay cielo.

La guagua se detiene. Entra una mujer con una falda de cuadros blancos y negros. Muchos asientos vacíos, se sienta a mi lado. Huele a jugo de pera. Saca un lapicero y un cuaderno. Con un dedo hace un circulo en mi mejilla. Dibuja en el cuaderno. “Yo sé que tú no quieres ver mi dibujo”, me dice al oído. “No necesito verlo”, digo mirando su nariz, “ya sé lo que ha dibujado”.

La guagua se detiene. “Recoge un gatico”, ordena la silla de ruedas a las muletas. La gata maúlla y le lame los dedos antes de que salten.
“Estoy segura que me quedo primero”, me susurra la falda de cuadros. “Debes bajarte conmigo para que criemos un gatico. Lo llamaremos Porfín y lo alimentaremos con hígados, orejas y jugos de pera de verdad, no el de arroz con cáscaras de piña”.

La guagua se detiene. Toño enrolla su tapiz, recoge un gatico y salta hablando de romo, de fiesta, de "I loviu mi lente".
“Debemos darnos prisa“, susurra la mujer, “ayer esa misma gata parió seis perritos, al final de la ruta no quedaba ninguno. Si te hubiera encontrado ayer, hoy no estaríamos aquí, ya habríamos empezado nuestra vida juntos, y sin embargo, hoy tenemos otra oportunidad”. Y se frotó la rodilla para dar más peso a sus palabras.
“Es extraño, puede ser, pero yo a usted no la conozco” digo hablando a sus pestañas.
“Eso dices, y sin embargo, sabes lo que he dibujado. ¿Acaso crees que vas a conocer mejor a alguien de lo que me conoces a mí?”, dice y me lame una oreja, “no, por cierto”.

La guagua se detiene. Kafka se agacha, mira al padre que asiente y saltan abrazados con un gatico que duerme.
“La próxima es mi parada. Voy a recoger nuestro gatico, amarillo, tu color favorito, si no vienes conmigo tendré que ahogarlo en la tina del baño”, me dice la mujer y me besa en la boca.

La guagua se detiene. La mujer se para, arregla los pliegues de su falda, camina sin mirar atrás, acaricia a la gata, recoge un gatico y salta.
Me paso un meñique por la ceja izquierda, recuerdo que tengo una mano, y me golpeo la frente con ella.





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