jueves, septiembre 08, 2005

Along the sandy way where water fails as summer wanes

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La luna caía a chorros sobre el hombre que yacía sobre el incómodo sofá de rayas.

Después de dos horas con el futuro, el hombre percibió otra presencia. La vaina estaba hecha de fobias, de derrotas.
—Soy el pasado. Soy como la lluvia en Azua, sólo vengo para hacer daño. La soledad, la falta de Prozac y la mediana edad me dieron vida.

El hombre se sentó, el pasado se sentó frente a él. Un espejo de sombras en perpetua ebullición, sólo idénticos los pocos puntos inmutables del cráneo que no negocian con la teoría del caos. El Golem tomó las dimensiones de 12 años:
—En la clase de geografía, te cagaste en los pantalones. El profesor Garabito te exhibió por toda la tercera planta. La pestilencia dejaba rastros en los mosaicos del pasillo largo, flanqueado por todo el colegio. Desde ese momento te dijeron El Cagao.

El hombre apoyó la cabeza sobre la mano abierta, dos dedos apretaron las sienes por un minuto. Llamó a la farmacia, el pasado jugó con las teclas haciéndolo equivocarse varias veces. La voz de mujer sonaba abrumada entre los timbres:
—Sí, un momento por favor. Mira muchacho, ese pedido tiene doshora, esa señora ha llamao como quinienta vece, no, no e a él, e a ti que te toca, esa calle queda por el Mirador, sale a la Anacaona. Sí, ecúseno señor, e que uno de lo Delivery tuvo un acidente, por eso lo pedido etán durando un poquito má, sí, déjeme ve, aquí ta la receta suya, sí, en la Camino de Arena número 1,000,000 del Millón, sí, en el quinto piso, ya salió parallá, debe etar llegando, sí, ecúseno, si no llega en meno de die minuto vuelva a llamá, sí, no, no e moletia.

El hombre caminó pisando sobre los talones, le iba subiendo, ya lo sentía, el ansia de vomitar hasta los intestinos. El pasado lo hizo tropezar con la alfombra al devolverle la imagen de sus 46 años:
—¿Recuerdas año nuevo? Solo como un perro con sarna. Nadie te llamó. Te sonaron los cañonazos entre cuatro paredes de humo, respirando vidrios, añorando las olas del fin de año del 2000 en Bávaro con tu familia, envidiando la alegría en Washington Square. Mírate, soy tú ahora ese día.

Los pies del hombre fueron al baño. En la tina, buscando agua, resbalaba un lagarto color coco seco; el pasado abrió la llave hasta ahogarlo.
—En el Banco nadie te estima, te hacen el coro por ser VP. Las risas de ayer no fueron porque tus teorías sobre el efecto Katrina en las Fortune 500 sonaron interesantes o cómicas, se ríen de tus trasplantes de a mil quinientos dólares de Miami. Parecen tocones de guazábara enterrados en tierra árida.

Debajo del hombre, la española del cuarto piso maldecía y amenazaba a un papagayo enjaulao que graznaba lluvia lluvia lluvia lluvia. El pasado, imitando al papagayo, cantó:
—Y de imbécil le regalaste un apartamento a la modelito de 22 años, caracraaacaracreee
y de imbécil lo pusiste a su nombre, caracraaacaracreee
y de imbécil dejaste que tu mujer lo supiera, caracraaacaracreee
y de imbécil te apareciste en ese apartamento sin avisar, caracraaacaracraaaeee...

El hombre salió al balcón con el pasado sobre los hombros, se imaginó agarrándolo y arrojándose al vacío. Ambos dejarían un solo desecho sobre el pavimento. El verano moría con una luna color cucaracha por epitafio.

De repente, un consuelo de Honda 70 parece llenar el aire.





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