viernes, septiembre 16, 2005

Serenade under red clouds

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Diciembre, madrugada. Aire caliente, cielo rojo. La Falconbridge engullía su cena: dos montañitas y un arroyo. En la esquina, frente al colmado que nos había cerrado las puertas, buscábamos qué hacer. Orlando, escupiendo a los más cercanos, dijo:
—Vamo a da una serenata, casi en La Vega.

Tenía la llave del minibus del viejo Sabá. En la mañanita se le podía ver por los lados del mercado, Luisito de cobrador, mitad del cuerpo afuera:
—La Vega… La Vega… Solamente La Vega… Santiago no… La Vega…

Amadita fue su pasajera. Vivía en una de esas casitas que se ven a un lado de la autopista, lo bastante adentro para dormir sin esperar la visita de un camión. Luisito nos contó cómo no sólo le prohibió cobrarle, un tacaño así, sino que la esperó vueltas y vueltas al parque de La Vega. Ella se inscribía en la universidad, compraba zapatos y visitaba a una tía. Orlando regresó con el minibus casi vacío, hablando con Amadita de la compatibilidad entre tauro y sagitario.

Apareció un radio, un cassette de Ricardo Montaner y otro del Conjunto Quisqueya para la fiesta con las 49 hermanas y 58 primas de Amadita. Papi estaba en trance, se rompía la cabeza sacando unos versos para la dedicatoria, y Cabo, al que la mujer se le fue para Puerto Rico en yola, repetía:
—Orlandito, no te me enamore.

Antes de salir a la pista pasamos por el Country Club, por el parque. Ansiábamos ver mujeres solas, pero siempre, y más en navidad, la mujer que desea un hombre ya lo tiene.

Sentados con Orlando estaban Papi y Cabo. La misma cara fina salvo por la dentadura que Orlando conservaba sin importados. De niños pasaban los veranos de árbol en árbol. Una tarde se subieron al cojollito de una mata que Don Quijote hubiese confundido con un ogro. Cada uno construyó su cabina, despegaron. A mano tenían palancas, radares y mangos. Tratando de alcanzar uno Papi se precipitó hacia abajo, estiró el brazo para agarrar una rama agarrando la pierna de Cabo que unió su grito al estrépito. Orlando oyó el golpe de huesos con tierra. Entre los dos se tragaron 39 dientes. A voz de lágrimas preguntó:
—Cabo, ¿me tiro Cabo?
—No, no te tire— gritó Cabo.
—Tírate, tírate— aulló Papi antes del desmayo. Orlando bajó con más cuidado que de costumbre.

Cabo iba todo el camino consejo y consejo. Proponía otra cosa:
—Orlandito, qué serenata del diablo, mejor caemo al Venu en La Vega. Muchachita sin maña. Hame caso Orlandito.

Orlando pidió silencio para escuchar los versos. Papi, moviendo las manos como muy rápido, declamó:
"En esta noche plácida y serena
En que ni un sólo ruiseñor entorna su canto
Dedico esta serenata a mi amada Amadita
Con amor, con respeto, con llanto".

Todos aplaudimos y brindamos a la salud de nuestro poeta. Luisito dijo:
—Me guta eso de amada Amadita.
—Eso se llama alineación— dijo Papi.
—¿Cómo a la goma?— preguntó Luisito.
—Precisamente, la Literatura e una guagua.

Divisamos la casa a las tres botellas. Una callecita privada, empalizada de plátanos y cacaos amenazando tirarse al medio. Estacionamos a mitad del camino bajo una luna sin perros. Caminamos tratando de no hacer ruido tropezando con las sombras. Orlando, Cabo y Papi abrazados, cantando bajito.

Luisito puso el radio bajo una ventana. Cabo se sentó en un block. Un grupo fue hasta la mata de guayabas injertas pegada a la casa. Papi se daba un trago. Otro grupo fue hasta la mata de mangos de a libra pegada al otro lado de la casa. Orlando le dio a play.

No bien se acabaron las bajitas comenzamos a remeniar las matas. El cinc crujió, tres o cuatro o cinco gallinas volaron cacareando huevos nunca puestos, silenciando a Papi. Yo mismo no escuché la dedicatoria. Lo que sí vimos todos fue la luz encenderse, adentro un movimiento como de gavetas, voz de hombre:
—¿Qué diablo?
Voz de mujer:
—Son uno tiguere de Bonao.

No supimos lo que siguió después, corrimos como burros hacia el minibus. Cabo atrás voceando: "Orlandito pal Venu… Orlandito pa La Vega… Orlandito pal Venu".
—Anda el diablo, dejaron el radio.

Orlando iba mudo, la cara como un machete. Aceleró hacia La Vega. Cabo roncaba, y gemía, y al Este, unas cuantas nubes rojas.





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