lunes, septiembre 12, 2005

Tristan sends a suitcase

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El hombre repetía una y otra vez: Maleta, dólares, fotos, amigo de Tristán. Cuando por fin la vieja comprendió cayó medio a medio en la sala.

Al despertar encontró la cara del dominican borrando toda duda. Ahí estaba hablando de su amistad con Tristán, y además de besos y abrazos traía una maleta con fotografías y dólares para alegrar la navidad.

No había recibido noticias de Tristán, decía el hombre, por lo difícil de una vida casi nómada, plagada de sobresaltos de migración y empleos de chiripa. Ahora Tristán trabajaba fijo en un restaurant en la esquina de la 59 y Lexington y hasta novia gringa tenía, no sólo por la residencia sino que la quería de verdad.

El calor y y el ocio llenan las calles de transeúntes y perros desde que amanece hasta muy entrada la madrugada, desvían los caminos ante el más leve rumor. A la casa de la mamá de Tristán acudieron los amigos de parrandas, el dominó, la cerveza, las anécdotas y el pastor evangélico que repetía:
—¡No se puede perder la fe en Dios!

El dominican se excusó por no cargar con la maleta, desde el viernes buscaba la casa.
—E que to eta casita son iguale— se disculpó la mamá de Tristán.

El hombre hablaba de una vida donde greencard, nieve, novias llamadas Scarlet, eran elementos cotidianos. Visiones de calles blancas, árboles sin hojas pero saludables y una brisa constante que mantiene las mejillas rosadas, como recién salidas de un pellizco. Más de uno sintió frío.

Durante el sancocho nadie habló. Comieron con mucha hambre y sin vergüenza. La mamá de Tristán miraba al domincanyork sintiendo el amor revivir por ese hijo que regresaba vencedor de naufragios de sangre.
—¡No se puede perder la fe en Dios!

El hombre se paró, medio borracho, y dijo algo de ir y regresar inmediatamente con la maleta. Necesitaba un taxi y sólo cargaba dólares, nuevecitos. Sacó el fajo y hasta los comedores rezagados dejaron de masticar. Un voluntario para cambiar cien dólares con una ganancia rápida. Nadie le negó el derecho a la anfitriona.

El kamitaxi, después de provocar tres accidentes, llegó a los dos minutos.

La vieja apagó la luz después de medianoche.

Al otro día el pastor evangélico apareció bien temprano. La mamá de Tristán lo convidó a un café rencoroso. Una mirada a sus ojos le hizo comprender que no tenía que decirle de la advertencia en la radio sobre la nueva estafa de los dominicanyork deportaos. Ya ella sabía que su hijo estaba bien muerto, que los dólares eran falsos y que la vida continuaba sin alarmas y sin sorpresas. El pastor guardó silencio, pensaba que el café estaba muy dulce.





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