lunes, octubre 24, 2005

Forever blowing bubbles

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Matilda consiguió su primer trabajo a los 14 años. Señores mayores y un joven de 21 años que a la semana fue dirigido por el romo a su cama. Después, desamor sirviendo el arroz con guandules.

Trabajó para dos viejas jamonas que se disputaban el amor de una poodle llamada Katiushka; trabajó para un hombre que lloraba viendo las noticias; trabajó cuidando a un loco que se embarraba los cabellos de mierda gritando "Quiero una novia"; trabajó en la Zona Franca de Haina soldando diodos en boards de beepers y su último trabajo fue con un matrimonio joven que estrenaba apartamento en una torre de la Anacaona.

Los señores estaban contentos con Matilda: contestaba el teléfono "Residencia de los señores..." y anotaba los mensajes con pocas faltas ortográficas y letras legibles; usaba el pañuelo en la cabeza y el uniforme gris de enfermera; el piso de mármol blanco, calié de migajas, brillaba; cocinaba un pastelón de berenjena que era un apogeo; se afeitaba las piernas y los sobacos; casi no hablaba por teléfono; no tenía bochinches ni compinches con las otras sirvientas ni con el guachimán del edificio; no hedía a gente; leía poemas de José Ángel Buesa y estaban casi seguros que no robaba. El único boche con coños se lo dieron por dejar quemar unas chuletas entretenida con la televisión.

Sí, Matilda pertenecía a esa multitud de criaturas que de 11 a 12 son María Fernanda, limpiando vidrios de carros en una esquina de Caracas, enamorada del millonario Luis Eduardo, ignorando su condición de heredera de un imperio de petróleo; de 12 a 1 María Cristina, llorando todos los días porque Luis Arturo, creyéndola muerta, se fue de monje al Tibet; de 7 a 8 María Laura, presa en una cárcel de Cuernavaca por un crimen que cometió Laura Trevi; de 9 a 10 María Dolores, maltratada en la casa de los Montenegro y cuyo verdadero padre era el mismísimo señor Montenegro, pater putatibus de Luis Francisco... Sí, Matilda era devota de Venevisión y Televisa.

La señora parió. Matilda hasta sintió los dolores de parto. Desde el primer momento que trajeron a Gustavito vestido de encajes Matilda lo consideró suyo. Se consagró a él y revoloteaba como una mariposa negra cada vez que alguien lo cargaba. El niño la adoraba, si otra persona lo cargaba, incluso su mamá, él extendía los bracitos hacia Matilda y se rajaba a dar gritos. La señora se sentía más segura dejándolo con Matilda que con cualquiera de las abuelas, especialmente Doña Meche, que hablaba durísimo y en medio de cualquier tema decía "Yo soy doctora".

Matilda compró un frasquito de hacer burbujas para Gustavito, y al atardecer, antes de que los señores llegaran, salía al balcón, mirando los árboles del Mirador Sur; sentaba al niño en sus piernas soplando y soplando burbujas que en el aire reventaban en rojo, mamey, amarillo, verde, azul, añil y morado entre los gritos alegres de Gustavito.

Duarte es uno de los tres padres de la patria, aquí no basta con uno solo. Formaron la sociedad secreta La Trinitaria, cada miembro debía reclutar tres revolucionarios más, ad infinitum o hasta que los haitianos se fueran. Se necesitaban tres, tomando turnos, para aguantar las odas de 50 páginas a los ojos de las vacas de Moca de Duarte, quien nació un 26 de enero y por eso los dominicanos disfrutamos de un fin de semana largo. Matilda pensaba ir a visitar a una tía en Nagua. No la veía desde chiquita, y estaba el mar, y comer pescado frito con moro de guandules con coco, y el primo Juan todavía soltero.

—Matilda, nos vamos para la casa de Constanza y queremos que vayas con nosotros, por Gustavito.
—Pero, yo...

La señora la miró esperando un desafío, Matilda bajó los ojos, olvidó el mar, borró el recuerdo del primo Juan y dijo que sí, que claro, que como no, que muy bien.

El viaje era el sábado. Decidieron irse el viernes por la tarde. Si salían a las cuatro podrían estar zambullidos en el jacuzzi a las seis y media, un trago de Chivas y burbujas tibias. Ya a las 8 estarían en la parrillada del español considerada por el señor, que había visitado Madrid y Buenos Aires, como la mejor carne que había probado.

—Volvemo ante de la doce, cualquier cosa llama al celular.

Así que Matilde hizo un puré de yautía con una tortilla, se desquitó echándole mucho jamón de dieta de la señora, y un pancake a Gustavito. Fregó los platos pensando en los ratones y por fin pudo sentarse a las 9 frente la televisión. Gustavito jugaba con su Bob Esponja montado en un camión Tonka amarillo y rojo, el viaje lo había excitado, no tenía sueño, para él era de día. Pero he aquí que por fin la vieja paralítica en silla de ruedas de la mansión de los Montenegro va a decir quién es el verdadero padre de María Dolores, pero he aquí que la vieja abre la boca: ... ¿Y quién va a lavar? Oh Daewoo, la mejor lavadora, ahora con su modelo...

—Coño —grita Matilda, se tapa la boca mirando hacia Gustavito y sólo ve el Tonka con las gomas para arriba.
—Gutavito.
—Gutavito, Gutavito.
—Gutavito, Gutavito, Gutavito.
—Gutavito, Gutavito, Gutavito, Gutavito
—Gutavito, Gutavito, Gutavito, Gutavito, Gutavito...

Matilda busca en la sala, en la otra sala, en la otra sala, en la cocina, en el baño, en el otro baño, en las habitaciones, arriba, afuera, lo encuentra al lado de Bob Esponja, boca abajo y azul en el medio del jacuzzi, sin burbujas.

La policía busca a Matilda, cuando la encuentren no hablará, no podrá obsequiarle a los señores ese último instante en la vida de Gustavito, esa imagen que los ayude a hundirse de manera definitiva en el infierno. Ahora, justo ahora, Matilda sale de un colmado de Nagua, frente al mar, donde un banilejo con un t-shirt que dice "We are the champions" le vendió una botella de agua y un sobre de Tres Pasitos, el veneno para ratas más efectivo del mercado, según el anuncio que pasan de lunes a viernes durante la transmisión de La Gata Salvaje.





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