viernes, octubre 07, 2005

La Yola, a child's game

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Pictures by Jaime Guerra

Los viajes en yola desde República Dominicana a Puerto Rico han existido desde el siglo pasado. A principios de siglo era al revés, desde Puerto Rico venían en yola a cortar caña aquí. Pero más de cien años de corrupción gubernamental ha dejado a Quisqueya, y Haití, como un destino no deseado si no se viene con dólares o euros o se tiene un puesto en el gobierno para robar y salir en las páginas de sociales.

Un hombre, o mujer, está en olla, no vislumbra su divorcio con la miseria como un proyecto a corto o mediano o largo plazo. La única salida del hoyo, piensa, viene de la mano de un ser que algunos llaman Capitán y que por miles de pesos lo traslada a un restaurant en el medio del Canal de la Mona donde los comensales son los escualos, digo, los tiburones.

El aspirante a suicida vende vacas, chivos, caballos, dura años ahorrando. Ya tiene pasaje de ida hacia el infinito. Debe ir a Miches o a cualquier pueblo bendecido por una costa. Allí debe esconderse en unos matorrales a esperar el llamado, me dijo Borges, de la incertidumbre, del peligro, de la derrota. Tal vez pasan varios días antes de que el asesino, digo, Capitán, decida que el mar los recibirá abriéndoles un camino de oscuridad que hará invisible a la yola, como el avión de la Mujer Maravilla, a los ojos de la Marina dominicana, si no ha sido sobornada, o a las pupilas iracundas e insobornables de la Guardia Costera Boricua/Gringa.

Ya el aspirante a cena de tiburones empacó su mochila: Un doble litro de Pepsi, un doble litro de Pepsi pero con agua, una funda de bolones con chicle para ir chupando y aumentar la sed, una caja de galletas de soda, un salami entero para hacer menos aburridas las galletas de soda y una muda de ropa envuelta en una funda plástica negra para mantenerla seca cuando tenga que tirarse al mar, si llegan, al divisar la costa de Aguadilla.

Ya el aspirante a desayuno de campeones, digo, de tiburones, se ha despedido de sus amigos íntimos y de su familia. Recomendó que en el pueblo no se supiera de su partida porque es conocimiento general que la envidia azara. Sintió nostalgia por el río, por las tertulias de cervezas en el colmadón, por su esposa/o e hijos, por el sancocho de los domingos en la casa de la abuela. Va preparado mentalmente para trabajar como un burro donde sea y conseguir una boricua dispuesta a casarse por dólares y obtener la greencard para, por fin, llegar a Nueva York. Allí le espera la nieve de la madrugada que lo llevará a la cocina de un restaurant a lavar platos por 20 horas al día y así, los domingos, podrá beber en un apartamento de una habitación que compartirá con 20 infelices y emborracharse y llorar como un niño por la vida perdida golpeando una mesa con la mano gritando: "Mi mujer... Mis hijos... Mi tierra ". Eso si tiene suerte.

El Capitán da la orden de zarpar. En una yola para 10 se montan 33 hombres, 12 mujeres y un chino. El mar presenta una calma chicha. Deben hacer silencio para que el sónar de los submarinos no los escuche. Las primeras horas todo va bien, ya han vomitado más de la mitad. Nadie sonríe, pocos respiran, todos tienen taquicardia. De repente el mar no está tan calmado. Cada ola que viene es más grande. El silencio pasa a ser gritos que ruegan Dios mete tu mano. Dios está sordo, varios caen al mar. Las olas son rascacielos que prometen derrumbarse sin la ayuda de Al Qaeda. ¿Qué es eso tan grande y con tantos dientes esperando en el agua?

Esta clase de travesía es tan común en nuestros pueblos que hasta se ha convertido en un juego de niños. Estaba en Dudu Lake, una piscina natural en la Costa Norte, y unos niños jugaban con una yola que se iban para Puerto Rico. Llegaban al centro del lago y hundían la yola gritando: "Ahí viene la Marina... tan tirando tiro... un tiburón... se hunde la yola... la Marina le va a prendé fuego a la yola..."

Yo prefiero enfrentarme a Frankestein, al Hombre Lobo, a George Bush, al mismo Lucifer any day. Los dominicanos queremos irnos de este país, de este paraíso de impunidad para los políticos y banqueros ladrones. Cambiamos un paisaje de vastas playas blancas, de montañas con flores amarillas in bloom por edificios cancerosos, por dólares, no muchos, y por cucarachas tan grandes como ratones. Ya lo dice Brodsky en su New York Lullaby: "Buenas noches. Don't mind the roaches".

—Run away to sea, huir al mar, era el rompimiento de los ingleses con los padres —me dijo Borges anoche en Cinema Café.
—Aquí e el deseo de lo pobre de rompé con la miseria —le contesté cogiendo cuerda. Se quedó pensativo, dijo:
—Mirá Bonao, en la Biblia hay un pasaje en Salmos, 107, que tomé para mi infame cuentito El Impostor Inverosímil, dice: "Los que bajan en barcas a la mar, los que comercian en las grandes aguas; esos ven las obras de Dios y sus maravillas en los abismos".
—Tu maldita madre Borge —le dije, me fui a buscar un vodkatonic y lo dejé murmurando algo de La Odisea.





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