miércoles, octubre 19, 2005

The Man Next Door

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Vivo en una especie de búnker arriba de una casa en la calle Paseo de los Indios esquina Fuerzas Armadas en El Millón. El lugar es excelente, especialmente ahora que un vecino, por sugerencia de la Junta de Vecinos, se llevó un gallo madrugador llamado Hipólito para Los Mina. Una mata de mango gigante, que ofrece mangos al alcance de mi mano, protege mi habitación del sol. En las mañanas los pájaros trinan picoteando la fruta mientras yo me doy una ducha cantando y es verdad soy un payaso, pero qué le voy hacer...

Mi casera es una señora horrible con los cabellos rojos como una antorcha y una voz estridente de pato salvaje. Trato de salir para el trabajo cuando ella termina de regar las cayenas amarillas, si le veo la cara en la mañana el día se me azara. Victor Hugo es su hijo: camisas planchadas con almidón, pantalones con filos, zapatos brillosos, lisonjero, devoto de La Ilíada y La Odisea, léxico de erudito full de adjetivos, gestos de teatro, 46 años, sin trabajo. En Suiza este hombre estaría medicado, o tal vez recluido en una institución con paredes cubiertas con colchones. No sé bien la historia de Victor Hugo, he podido deducir por las indirectas que le grita doña Antorcha, cuando se cansa de verlo el día entero sentado con la Ilíada en una mecedora esperando que le caiga una olla de oro del cielo, que la mujer lo dejó por otro y se fue a vivir para Nueva York.

Cada vez que regreso de trabajar uno de los dos me espera. Doña Antorcha me pregunta por mi día y deja caer alguna indiscreción de una de las vecinas universitarias. No importa que mi cara y mi actitud sean la de alguien que no le interesa en lo más mínimo esa información, ella me persigue por los escalones graznando su secreto lavado por la sordidez de su cerebro. Le tranco la puerta en las narices. La necedad de Victor Hugo es diferente. No le importa lo que hagan las vecinas, a él le importan mis finanzas, desea ayudarme a vivir en confort bordeando la ilegalidad; no sé por qué le interesan mis gastos fijos.

—Oh divino Dino, ¿cuánto usted desembolsa cada mes para pagar la inexistente electricidad? No maravilloso Aquiles, no, yo tengo un entrañable amigo que guarda un parentesco sanguíneo con un primo tercero que tiene una honesta tiendecita de telas y chucherías para famélicos en la astrosa calle Duarte con un inesperado cuñado que su ilustre hermano de crianza es supervisor de la Corporación Dominicana de Empresas Eléctricas Estatales, antigua CDE, ahora CDEEE, este Ulises de cables y alicates arregla y modifica levemente el hiperbólico contador por dos mil execrables pesitos, y esa odiosa factura mensual no subirá, jamás, de 500 pírricos pesitos, y no descubren este acto de justificada justicia, jamás, jamás...

—Oh divino Dino, ¿y usted desembolsa efectivo para pagar el cable? No, efebo oculto en el vientre de un corcel bancario, no, yo tengo una lujuriosa amiga que conoce al ligero jockey de un negro caballo llamado con incongruencia Conejo que le pertenece a la vasta finca de los señores Ramírez Fernández donde un enemigo efímero de una tía diabética que vive en Santurce y que se casó por interés de papeles legales residenciales con un delicado hijo de un misterioso señor que muchas veces bailó vals bajo los acordes románticos de la Santa Cecilia en el Jaragua con la dudosa abuela de un mal pago supervisor de Telecable Nacional que por dos mil miserables pesitos, este Arquímedes caribeño de las parábolas y diodos, arregla y modifica levemente la misteriosa cajita que milagrosamente brindará, para siempre, como una moderna esclava etíope, todos los canales premiun con entretenimiento erótico adulto, o como lo conoce la reggaetoniana plebe: Porno...

Ayer llegué y era el turno de Victor Hugo. De una vez noté que tenía algo especial que decirme. Sus movimientos eran de zorro en acecho, miraba a todos lados como supongo lo hacen los más buscados por el FBI, como saca la cabeza de una cueva un miembro de Al Qaeda. Se acercó y, tratando de bajar la voz y contener sin éxito sus ademanes, me dijo:
—Oh divino Dino, yo sé que usted y su linaje no sienten atracción alguna por la lotería, que el azar de cien bolos numéricos previamente calibrados dando vueltas en una caprichosa tómbola y la ludopatía asiática le son indiferentes e inverosímiles, pero, y en esto, movido por el sentimiento fraternal que le profeso, estoy cometiendo una indiscreción profesional, un hermano putativo, o como lo conoce la merenguiana plebe, hermanastro, de una amiga de un admirable conocido que estudió conmigo detectivismo, fotografía y pendolismo por correspondencia en la Hemphill School es supervisor en la Lotería Nacional, una cosa segura, como su asesor especial le aconsejo que juegue el 48 para mañana, será el primer premio, ya yo jugué mil atónitos pesitos, una cosa segura, como la salida de Helios cada mañana, o como lo conoce la bachataniana plebe, el sol...

A mí me quedaban 500 pesos hasta el día 30. Esa es la clase de cosa que te hace odiar a una persona. Este loco me presentaba una encrucijada: A) jugaba lo que podía y corría el riesgo de perder; B) no jugaba y si salía el 48 me maldecía por no jugar y perder esa oportunidad. Le contesté cualquier cosa y subí a bañarme. Me acosté sin pensar mucho en el 48: Soñé que compraba unos zapatos que costaban 48 pesos y que el número de la tienda era 48 y que un mendigo con un bocio en una mejilla me pedía 48 pesos para un sandwich y una malta morena.

En el Banco lo comenté como un chiste, entre risas, advirtiendo del carácter fantasioso de Victor Hugo a mis compañeros, aun así enviaron de una vez a Campeche, el mensajero, a la Banca y yo mismo gasté 400 pesos en la quimera del 48.

Llego de trabajar, le tocaba darme la bienvenida a doña Antorcha y su reporte de las actividades nocturnas de la universitaria en carros estacionados por horas frente a su ventana. "Y ese no era el carro del dique novio, porque el del dique novio e rojo y ete era gri, con ete mimo duró la otra madrugá do sora depidiéndose, parecían una sola persona gorda...". Traté de no cortarle los ojos y cerré la puerta. Tomé un baño, cené mangú con aceite verde y aguacate y esperé fumándome dos cigarrillos al mismo tiempo los cinco minutos de la suerte.

El sorteo empezó faltando 10 minutos para las 10. Después de un vocabulario de ristras, bolos, globos, notarios, testigos, acercaron a tres ciegos del Instituto de los Ciegos con innecesarias vendas negras e innecesarios guantes blancos, parecían víctimas de un fusilamiento, quienes tomaron los bolos de las tómbolas para garantizar la pulcritud de un sorteo tantas veces viciado: El tercer premio fue el 33; el segundo premio fue el 67 y el primer premio fue el 11.

No habían pasado cinco minutos cuando tocaron mi puerta. Sabía que del otro lado estaba Victor Hugo, camisa rosada planchada para un mejor escenario que la galería de una calle salpicada de pétalos amarillos. Abrí la puerta aguantando la respiración:
—Oh mi valiente y desafortunado Petroclo, nos pelamos, nos pelamos, nos pe la mos, la esquiva Fortuna nos eludió en este aciago día, hay que continuar jugando el 48, seguro que sale el festivo domingo..., en otro orden de ideas y cambiando bruscamente la línea de pensamiento, ¿podría usted, inmortal griego, prestarme 300 místicos pesitos hasta el esperanzador domingo?

—El gran Patroclo ya no existe, pero el ruin Térsites vive aún —le contesté señalándolo, transformándome por un instante en el Pavel Pavlovich de Dostoyevsky. Acto seguido cerré la excluyente puerta sin atenuante consideración hacia su insignificante persona. Mierda, ya estoy hablando como Victor Hugo.





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