martes, octubre 04, 2005

Red Cadillac

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Picture by Nicola Kuperus

El hombre camina cargado de fundas plásticas: tennis para la hija que empieza el tennis el miércoles, toalla gigante The Incredibles para la playa, platos para la cena del sábado con la familia de la mujer, cartera feísima para la mujer, mochila Power Puff Girls para la hija, bermudas para él con un 70% de descuento por el otoño de Benetton.

El hombre odia los parqueos de las plazas. El smog se respira como si fuera el túnel de la 27. El calor se hace más intenso que los 40 grados en la calle. Siempre alguien toca una bocina ecualizada por el eco del confinamiento. Algunas luces del techo sucio de catacumba están quemadas y cualquier paso o sombra te pone en alerta. En el parqueo de una plaza en Santo Domingo se pide a gritos ser atracado, piensa.

El hombre saca la llave haciendo malabares con las fundas, mira hacia su carro y el cerebro dura unos segundos para decodificar la imagen: las piernas de una mujer con zapatos rojos salen del baúl de un Cadillac rojo al lado de su Toyota.

El hombre abre la boca y se detiene, mira a todas partes encontrando una soledad full de sombras. Empieza a correr sin saberlo. Las fundas chocan con su pies, es posible que par de platos se hayan roto. Se le cae la funda de los platos.

El hombre llega a la caseta del guachimán que le dio un ticket con una advertencia: "Tiene que sellalo donde compre sino tiene que pagá el parqueo". Nadie en la caseta, un líquido oscuro en el piso refleja la luz del paloelú de la calle. El hombre siente una mano en el hombro, corre sin mirar atrás.

La desesperación del hombre tartamudea, encuentra un policía y varios mirones: "Enen... unun... cacarrorro... unouno pipipie... afufufueera". Aparecen 6 pistolas transformando la cobardía en temeridad. Todos van al parqueo sintiéndose Harry el Sucio. El policía se acerca a la caseta del guachimán apuntando con una mano que tiembla. Nadie.

—¿Y la mujer en el carro?

Los hombres suben, agachándose, apuntando, hacia el tercer nivel del parqueo. Ven a un hombre montándose en, o desmontándose de, un Honda 70 con una actitud, asumen, sospechosa. El policía vocea una onomatopeya. El sospechoso se hace el loco, tal vez no escucha por el casco con el que su hijito juega al astronauta debajo de una mesa mientras él devora mangú con salami a la luz de una vela. Dispara, disparan.

Al lado del Honda 70 el delivery de Pizzarelli deja este mundo con un techo sucio de catacumba como última imagen. No hay piernas de mujer con zapatos rojos saliendo de un baúl. No hay Cadillac rojo.





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