jueves, noviembre 24, 2005

Uncle Lorenzo

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Tío Lorenzo aprendió a coser antes de los 15 años. No le gustaba pedirle dinero a Papalao para nada, y sembrar una parcela u ordeñar vacas le gustaba menos. Mamatita me contó que llegaba del liceo, comía y se iba de ayudante de un sastre llamado Pichicho al lado de La Ópera. Allí aprendió a hacer ruedos, a cortar patrones, a manejar las tijeras como si fueran extensiones de sus manos. Después que aprendió (primero hizo algunos pantalones que parecían hechos por el papá de Groucho Marx, con una pierna larga y otra estilo bermuda), Mamatita le compró una Singer y Tío Lorenzo acaparó el mercado de los primos y jóvenes, venían hasta de La Vega, que querían un pantalón pachuco, con el ruedo demasiado estrecho, o fever, con el ruedo escandalosamente ancho.

Tío Lorenzo terminó el liceo y ni siquiera pensó un minuto en ir a la universidad. Salía en las noches a bailar hasta tarde y se despertaba al mediodía. Después de comida se sentaba frente a la Singer y no paraba hasta que terminaba los encargos. Varios clientes lo acompañaban bebiendo cerveza hasta que terminaba.

—Diablo Lorenzo, qué pantalón tan fever me hicite, igualito al que tenía Travolta en el concurso de baile, toy loco que llegue el vierne pa cogé pal Yaraví a hacé llorá a las india en las parede...

Tío Lorenzo aprovechó su pericia con las tijeras y empezó a practicar cortes de pelo con los primos. Al poco tiempo tenía que dividir sus tardes entre los cabellos y las telas. Los jóvenes venían hasta de La Vega porque decían que él era el único que sabía recortar los cabellos igualitos a los de Travolta en Saturday Night Fever o en Grease. Y era verdad.

—Diablo Lorenzo, qué pelaíta tan fever me dite, igualita a la que tenía Travolta en el concurso de baile, toy loco que llegue el vierne pa cogé pal Yaravi a hacé llorá a las india en las parede...

Tío Lorenzo tenía suerte con las mujeres. Siempre con dinero en los bolsillos y además sabía bailar cualquier ritmo con la facilidad con que manejaba las tijeras. De hecho, sus piernas parecían tijeras cortando algún patrón musical sobre la pista de baile. De hecho, la casa siempre estaba llena de música y muchachos y muchachas para que él le enseñara algún pasito o combinaciones de pasitos de música disco o salsa que luego hacían en el Yaraví. Yo no sabía de dónde salían tantas mujeres en Bonao. A mí me enseñó cómo besarlas pasándoles la lengua suavemente por el paladar. Primero les daba cosquillas, pero les gustaba.

La novia de Tío Lorenzo que yo más quería, y Mamatita también, era Luisa, que tenía el cuerpo muy bonito y lleno de manchas por vitiligo, parecía una dálmata. Pero un día vino de vacaciones Rosa, una prima lejana de Puerto Rico, y ya a la semana tenían un drama digno de un amor eterno. A Mamatita no le gustaba ni un chin chin Rosa, decía que hija de gata caza ratones y Rosa era hija de Mami, y Mami tenía muchas historias en Bonao. Rosa se metía en la habitación de Tío Lorenzo y no le importaba que se escucharan los gritos. Mamatita decía que su gallo estaba suelto, que cuiden sus gallinas. Rosa hizo olvidar todos sus principios a Tío Lorenzo, como ese de que los celos son la envidia al revés como dijo Arlt, de que no se debe celar a nadie porque te cogen de pendejo. Un día hicieron una fiesta en casa de Daniela y estaba su primo de la capital que le decían Travolta porque caminaba dando brinquitos como en la escena que Travolta lleva una lata de pintura en la mano, además siempre usaba gafas negras y una chaqueta de cuero que decía Thunderbird atrás, y entonces Rosa no dejaba de bailar con él y se armó un lío grandísimo y tuvieron que quitárselo a Tío Lorenzo porque iba a matar a Travolta: le rompió la nariz, le dejó un ojo morao y le tumbó tres dientes. Y eso que yo no le dije lo que vi debajo de la mata de cereza.


Tío Lorenzo se casó con Rosa hasta por la iglesia. En la boda Marcelino y yo llenamos una botella con romo y whisky y ginebra y ponche crema de oro y anís y vino blanco y vino tinto y un poquito de cerveza y al primer trago me entró un caliente que me subía desde los pies y al segundo trago me puse a dar brincos como un canguro y al tercer trago no recuerdo pero me contaron que me metí debajo del vestido blanco de Rosa y le mordí el culo y le agarraba a todas las mujeres el culo y las tetas y el toto y que dije muchas malas palabras y me puse a bailar como el loco Tambora y vomité en la pista de baile y me desmayé. Desperté el domingo con ganas de beberme el río Yuna.

Rosa se llevó a Tío Lorenzo para Nueva York, le sacó greencard. A los pocos meses nació Charlie, a los pocos meses Rosa se fugó con un gringo llevándose a Charlie para alguna Springfield o Lejosville. Tío Lorenzo no ha vuelto a bailar música disco desde que llegó a Nueva York, no se le ha quitado la gripe y cambió las tijeras por el guía de un taxi. Todas las noches recorre las calles de esa ciudad que no duerme, pero que tampoco despierta. A mí me gustaría que una madrugada, como en un cuento de Tabuchi, encuentre el mar azul al final de un callejón, y eso le haga recordar su pueblo, y regrese. Pero eso no va a pasar, y cada vez somos menos en esta casa tan grande.





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