martes, diciembre 13, 2005

David

Papalao se llevó a Tío Rafael y a Tío Lorenzo a buscar los caballos. Papalao, luchando contra el miedo, dijo que la radio le gustaba exagerar las cosas. Había visto a San Zenón. Hojas de zinc, como guillotinas, y palos de empalizadas, como lanzas, eran retazos de un recuerdo que el cerebro no atesora.

Sacos de arena, comida en lata Jajá para un año, tablas clavadas en las ventanas y puertas, velas y fósforos, focos, ansiedad, risas en los jóvenes.

Nuestra casa era refugio para varios familiares con casas cercanas al río, con casas que necesitaban reparación aun en tiempos de sol. Salomón no quería venir, Paulina lo convenció con la amenaza de dejarlo solo, y él, desde que se casó, no puede pasar una noche lejos de ella. Además estaba el Yuna ahí mismo que, sin ciclón, en mayo, tocaba a su puerta en la madrugada.

A pesar de un cielo negro, por mi mente no pasó el miedo. Me sentía en un picnic bajo techo. Los niños jugábamos en los espacios sin muebles del primer piso. Los hombres jugaban dominó bebiendo ron comentando los rumores de embarazo, cuernos y enfermedades. Las mujeres comentaban los rumores de embarazo, cuernos y enfermedades al lado de ollas humeantes, de silbidos de aceite en la cocina que no se apagó ni un minuto.

—No va a pasar na, muerto el doble cinco...
—¿Y a ella no le habían sacao ya la apéndice?
—Fríe bien esa tortilla que a ete hombre le gutan la vaina quemá...
—Eso era lo único que faltaba, un ciclón...
—No va a vení na, el gobierno e capá de pedile dinero pretao, ¿quién puso ese chivo?
—Dique salió preñá por tar quemando en el Yaraví, eso e mucho roce...
—Toy seguro que voá encontrá la casa vacía, si no se mete el Yuna se meten lo ladrone, no se puede abandoná una casa...
—Ete pollo si e chiquito, fríe do mulo má...
—Pue parece que tiene cuatro apéndice...
—¿Quién puso ese chivo? Fuite tú Salomón, no me le den má romo a ese niño...

La radio interrumpía el picnic en el parque de diversiones bajo techo con un boletín:
"Es casi seguro que el ciclón David toque tierra dominicana, no se sabe exactamente por dónde ni la hora, sus vientos van de Norte a Sur a Este a Oeste a más de 150 millas, es decir, rapidísmo, se aconseja a aquellos que viven cerca de ríos, cañadas y mares dirigirse al refugio más cercano o para alguna casa de alguien que sea de concreto, la Defensa Civil está preparando una lista de los refugios para darlos a conocer a la población cuando ya no haga falta, se aconseja a la población a mantenerse al tanto de los boletines aunque sólo sirvan para asustarlos, ni se le ocurra montarse en yola, barco, balsa o yate."

Me dormí en una cama y desperté en otra rodeado de brazos y piernas. Los hombres continuaban el dominó, ahora con cerveza. Las mujeres continuaban en la cocina, todas tenían fósforos y velas en los bolsillos.

—Ya etá por Haití
—Yo ecuché que era por San Pedro
—¿Y no e por Barahona que viene?
—Lo vieron por Monte Cristi

Me escapé un momento de los ojos de Mamatita para ir a ver a La Melá. Relinchos. Una vaca mugía como llamando a alguien. Miraba el campo lejano, mugía, miraba al becerro, mugía, y me miraba con ojos de mujer que llora en sueños. Corrí a la casa.

Los hombres dejaron de jugar dominó con el primer trueno. Revisaron los sacos de arena amontonados en las puertas. Si uno quería salir o entrar tenía que ser por la puerta de la cocina. La gata desapareció. Misu misu misu misu. Perdida antes de la guerra.

La lluvia fuerte. David entró con mala fe, aullaba como una inmensa bestia acabada de despertar, y con mucha hambre. Los rezos se hicieron frenéticos en las voces de las mujeres que, hincadas, pedían perdón y misericordia Señor por pecados realizados e imaginados, por violación de mandamientos no escritos por una mano de fuego, dándose golpes en el pecho. Los hombres, hincados, hicieron un círculo agarrados de manos con las mujeres y pidieron al Todopoderoso mitigar su ira por sus borracheras, mentiras y queridas. El agua entró en el primer piso.

—No se preocupen, la casa aguanta...

La calma del ojo. Los minutos para reforzar las partes débiles, para recobrar aliento, para que Papalao, Tío Lorenzo y Tío Rafael, conmigo atrás, comprobáramos la magnitud de la mitad del castigo. En la enramá plumas. Gallinas y palomas incrustadas en la malla ciclónica. Afuera un becerro ahogado, una vaca histérica. Un caballo atrapado en alambres de púas.

El ojo pasó. David retomó su labor de jardinero borracho con tijeras de viento y furia.
El río Yuna hizo de Bonao su cauce. Arrasó árboles, cosechas, barrios. Tragó animales, hombres, máquinas.
Meses sin energía eléctrica, noches de velas veneradas por mosquitos con deseos suicidas.
Sin agua potable todo era peste, amenazas de epidemias.
El pueblo ya no era un pueblo, era un paisaje de ruinas, una procesión de damnificados.





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