martes, enero 31, 2006

Coins

Sábado. El hombre despertó con sueño y sin un centavo. El ruido que hace un mazo en una pared puede despertar hasta a un narcoléptico. La profesora del 3B sufre del complejo de Penélope, construyendo y destruyendo una pared infinita: tumba los fines de semana lo erigido durante la semana. El edificio temblaba. El hombre abrió la puerta y voceó:

—OTRA VE LA MIMA VAINA COÑAZO.
—E que hay gente que sólo viene al mundo pa ganase la mala voluntá de lo sotro —dijo Jesús, el encargado de mantenimiento, entiéndase regar las matas criptógamas y el parqueo con una manguera y recoger los tanques de basura cuando el camión de la basura pasa y los arrojan por toda la calle. Jesús siempre tiene un cigarrillo sin prender en la boca, las manos sostienen la manguera, moviéndola con el efecto regadera, como batiendo un huevo, tratando de quitar una mancha de aceite quemado en el adoquín del parqueo.

Los golpes en la pared duraron todo el día. A veces silencio, los haitianos son humanos también, tienen derecho a beber agua y a comer. Eran haitianos. Bajaban a las siete de la noche, despedidos en el parqueo por la profesora del 3B que los escudriñaba buscando un bulto que delatara un mono de bronce, un buda de cristal, un elefante de madera, un cisne de cerámica y hasta un salami: "Esta gente es capaz de robar hasta sal", la escuchó decir a su hija. Y los haitianos no venían mañana domingo porque la profesora del 3B accedió al pedido de los condómines. Eso pasó en la reunión del viernes en la noche. Vinicio, su vecino, le contó las incidencias en la azotea. La profesora del 3B se defendió como gato bocarriba:

—Sí, lo veo muy bien, la construcción molesta, pero también molesta la bachata dale que dale, también molesta el olor a sardinas día y noche, y ni mencionemos los carros con muffler de cohete espacial que cuando arrancan parece como si uno estuviera durmiendo en Cabo Cañaveral, sí, muchas cosas molestan, sí, lo veo muy bien...

La profesora del 3B dijo esto mirando a cada responsable, los ojos y gestos en franco desafío. Al dominican del 2A, a la cibaeña del 3A y al chico marlboro del 2B, a todos les salió su cortá de ojos. Todo eso pasó en la reunión de condómines del viernes en la noche en la azotea, pero el hombre no fue, nunca iba.

La mujer llegó a las dos de la tarde. Además de su amor le trajo al hombre un pastelón de berenjena, tres tayotas, como granadas de mano, hervidas en yogurt, tres brownies y un frasco de Snapple full de monedas de un peso: ¿Quién se atrevería a decir que esa no es la turquita más adorable del mundo? El hombre necesitaba cigarrillos, una cocacola 20 onza y la mujer quería una cerveza. 138 pesos era el total de monedas contadas en montoncitos de 10 sobre la alfombra de arabescos. Llamaron al colmado. Nicolás, el muchacho del delivery no fue hoy, estaba en Azua atendiendo una emergencia, entiéndase se murió alguien. "A Nicolá nunca le gutó el etudio, por eso e así de burro, pero eso sí, e muy serio y eso cuenta", decía Doña Celia sobre el sobrino que trajo del olvidado Sur para que trabaje de delivery en el colmado de su esposo Leonte y duerma en una camita sandwich al lado de las cajas de cerveza y ron.

En el parqueo el ex de la cibaeña dejaba a los niños hasta el próximo sábado. La niña no dejaba de llorar, el niño tenía una corona de papel Burger King. El hombre los vio pulsar el intercom y decir adiós con las manos. La idea de ir al colmado a pagar con las monedas no era atractiva: esparcirlas sobre el mostrador y esperar, bajo los reflectores de las mujeres que beben cervezas esperando su turno para un desrizado o un tinte rojo en el salón de al lado, que Leonte las cuente una por una, equivocándose, empezando de nuevo, equivocándose, atendiendo el teléfono, empezando de nuevo, ahora entra alguien que dejó el carro prendido y quiere una funda de hielo, empezando de nuevo...

—Una marlboro roja, una cocacola 20 onza y una pequeña.
—¿Cuánto peso hay en ete pote?
—138

Leonte toma el pote y, sin contar las monedas, lo vacía en la caja registradora; toma 3 pesos y se lo devuelve al hombre. El hombre se aleja del colmado casi corriendo, loco por llegar a su refugio y trancarse con esa turquita hasta el fin del invierno nuclear, o hasta que se acaben los cigarrillos.





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