lunes, enero 16, 2006

Last Christmas Story

A mí me gusta, digo, gustaba la Navidad: la brisita, el arbolito, los angelitos en el trabajo, el ambiente de fiesta general; ya no, ya tengo un mal recuerdo que regresará en cada diciembre. A mi esposa le gusta, o gustaba, también la Navidad. El viernes 23 de diciembre fuimos a una Acrópolis full de hombres y mujeres buscando en qué gastar el doble sueldo. Nosotros éramos ellos. Sólo faltaban los regalos de la familia de mi esposa: para su mamá una lámpara, para su hermana unos aretes, para su papá una camisa, para un hermano una corbata porque trabaja en un Banco, para otro hermano unas Ray Ban de piloto porque no usa Internet. Para nosotros un secreto en el parqueo.

El sábado 24 empezó muy bien. Nos despertamos a las once y empezamos la fiesta de una vez con lo que había quedado del viernes. Más tarde llamé al hombre who's all dressed in black who's never early who's always late y por esta vez no se hizo esperar, de hecho, me trajo una ñapa por ser un buen cliente y por ser Navidad. Bebimos champagne de la canasta de mi trabajo, llamé a una rusa, mucho de todo. Mi esposa dejó de hablar como a las 5 de la tarde. Yo la dejé tranquila, yo mismo estaba en Marte.

Llegamos a la casa de su familia como a las 9 y algo. Su papá y sus hermanos tenían un tiempo bebiendo, estaban happy. Su papá me abrazó, repetía: "Rolando uté no e mi nuero, uté e mi hijo ya." Mi esposa todavía seguía sin decir ni pío. En medio de tantas voces nadie notaba su silencio, yo esperaba que hablara sin parar de un momento a otro. Así son estas cosas, si está muy buena primero te tranca la garganta, después hablas más que un perico.

Felí Navidá, qué lámpara tan linda mi hijo, me encantó mi camisa mi hijo, diablo cuñao que gafa tan ápera me regaló, gracia por la corbata cuña, eto arete pegan con to cuñaíto. Nos sentamos todos a la mesa: Pernil de cerdo al horno, ensalada rusa, pastelitos, pastel en hoja, moro de guandules... Yo no tenía hambre, imagino que mi esposa tampoco, claro. Pensé en hacer el allante y picar algo. La mamá preguntó quién iba a dar la bendición de la comida, se hizo silencio esperando un voluntario, mi esposa, con los ojos fijos en un punto del infinito donde creía ver una golondrina, dijo:

—Sí, Rolando y yo hacemo muchísima cosa...
—Qué bueno mi hija, los matrimonios jóvenes deben divertirse juntos.
—Sí, Rolando y yo metemo muchísima droga... y hacemo muchísima plebería... Sí, Rolando llama uno cuero ruso y yo con má mujere y él hacemo de to oliendo cocaína...

Basta el conocimiento de un hecho para percibir en el acto una serie de rasgos confirmatorios, antes insospechados, escribió Borges, me asombró no haber comprendido hasta ese momento que mi esposa estaba loca de remate. Me quedé frizado en la mesa, el mundo se detuvo; me quedé pensando que esto no estaba pasando, que era mi imaginación, que era la nota; me quedé mirando el pernil de cerdo como un hombre que ve venir un camión y no puede quitarse a tiempo para evitar el desastre. De más está decir que cuando el mundo empezó a girar de nuevo los hermanos y el papá de mi esposa, con una agilidad de pumas, brincaron para matarme, no me estrangularon por la intervención de la mamá. Me dejaron un ojo negro y me rompí dos costillas cuando me tiraron por los escalones del edificio.

El papá de mi esposa llamó a mis padres, le contó todo y algo más: 23 mensajes en el celular, con voces diferentes de mi papá y de mi mamá. A mi mujer la internaron en una clínica y no tengo forma de saber dónde. Yo me pasé esta nochebuena dando vueltas por toda la capital, un zombie respirando con dolor. Casi amaneciendo, para no volverme loco yo también, tuve que apagar el celular, después de llamar a una rusa.





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