domingo, febrero 12, 2006

The boy and the cat, at swing two birds

El niño llegó a la pensión de 6 años. Una cosita color cobre y desagradable que le encantaba escupir cuando estaba bajo el amparo de Doña Pura, su abuela, la dueña de la pensión. Además, en las mañanas de domingo, gritaba y gritaba y gritaba en los pasillos sin ninguna consideración hacia el sueño ligero de esos tristes hombres con deudas tristes que anhelaban levantarse después de las doce para tratar de recuperar el sueño perdido durante la semana.

El gato llegó a la pensión de dos meses. Una cosita blanca y desagradable que aun a esa edad ya sacaba las uñas y se engrifaba cuando se encontraba con cualquier pensionista. Además, en las madrugadas, maullaba y maullaba y maullaba en los pasillos sin ninguna consideración hacia el sueño ligero de esos hombres miserables con deudas miserables que tenían que levantarse a las 7 de la mañana para ir a vender zapatos en las tiendas de la calle El Conde.

El niño le puso el nombre al gato: Dicá. Nadie supo de dónde sacó ese nombre con el mismo sonido de gato en inglés, pero la verdad es que el niño era tan inteligente como un Lucifer acabado de salir de Kinder Garden. Si uno veía al niño, a los pocos pasos estaba el gato; eran inseparables.

Todos los pensionistas odiaban al niño. Todos los pensionistas odiaban al gato. Como no se atrevían a matar al niño, decidieron matar al gato. El veneno fue la primera opción, pero algunos dijeron que así no tenía chiste, no había emoción en eso de echarle una carne con tres pasitos a un animal y no ver cuando el estómago le reventara debajo de la cama de su dueño. Mejor era esperar la medianoche de un sábado y agarrarlo y meterlo en un saco y amarrar el saco y llevarlo a la azotea y colgarlo, como un péndulo vivo, de un cordel para tender ropa y caerle a palos; de esa forma cada uno iba a disfrutar de una buena dosis de crueldad pura. Ya tenían los palos en la azotea, también había un tubo. Después, con el sudor cayéndole en las pestañas, podían lanzar el saco hacia la azotea del abandonado edificio de enfrente.

Y sucedió que un día, en la mañana, el niño recorrió los pasillos de la pensión llamando al gato:
—Dicá Dicá Dicá... misu misu misu... Dicá Dicá Dicá... misu misu misu...

Y también, en la tarde, el niño recorrió la azotea llamando al gato:
—Dicá Dicá Dicá... misu misu misu... Dicá Dicá Dicá... misu misu misu...

A los pocos minutos, el niño empezó a bajar de la azotea voceando:
—Abuela abuela encontré a Dicá encontré a Dicá encont... —nunca terminó de explicar cómo y dónde lo encontró: la emoción del hallazgo lo hizo tropezar en los escalones. Definitivamente, cuando un hombre se siente cerca de la muerte recuerda vivamente las atrocidades cometidas cuando tenía 23 años.





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