lunes, febrero 06, 2006

Two Voices at the Falconbridge

—Pasa, pasa, ¿y esa cara?

—El petróleo maya.

—Sí, sí, ¿y qué pasa con la India y Colombia?

—Todavía en papeleo, mails y trámites y faxes; y Venezuela...

—No me hables de Venezuela, ¿y cuál es el lío con el maya?

—Llegó, y sigue jediendo...

—¿Hiede mucho?

—Bueno, yo estuve diez minutos ayer en Quitasueño y, bueno, salí con Migraña.

—¿Qué dice la Shell?

—Sugiere filtros fuera de presupuesto, pero dijeron que eso no serviría de mucho.

—¿En Quitasueño fue el problema con el río y las tuberías?

—Sí, y en Villa Altagracia.

—¿Y por qué no depositamos el petróleo maya en otra parte?

—Adecuación estudió el asunto, en Quitasueño son solamente 30 mil habitantes, los otros tanques quedan

—Sí, sí, ya sé, ya sé, ¿y qué hemos hecho hasta ahora en Quitasueño, por las molestias?

—Le hicimos una cancha; repartimos bicicletas, guantes de baseball, harina El Negrito, aspirinas, curitas, botas industriales, ventiladores para que circule el aire en los dormitorios, sillas plásticas, gorras de la compañía, cerveza, malta morena...

—¿Y no están contentos?

—No están contentos.

—¿Y cuáles son los efectos del maya?

—La doctora del dispensario alega que cada diez minutos llevan niños vomitando y ojos hinchados y garganta irritada y lengua irritada y dolores en el pecho y que se desmayan en la escuela y que todo el pueblo anda con antifaces como en una película de vaqueros y que las jaquecas son cotidianas y que se han muerto tres viejos y que los perros y los gatos y los pájaros se han ido del paraje...

—Ya, ya, ¿y el gobierno?

—Medio Ambiente dice que vigila; le compramos una casa al síndico en Bonao, pero también está el problema con la laguna de aguas recicladas infectada de mosquitos y los periódicos hablando de Dengue y Fiebre del Nilo...

—¿Fiebre del Nilo?, no seas tú pendejo.

—Sí, sí, ya sé, ya sé.

—Bueno, pues van a tener que acostumbrarse al maya hasta que en Venezuela se resuelva la vaina...

—Bien, voy a hacer unas llamadas...

—Sí, sí, y otra cosa, ¿eso eran los Bee Gees?

—Ah, sí, bajé como cincuenta canciones...

—Qué bien, a mí esposa y a mí nos encantan, ¿podrías quemarme estos cds?

—Claro, al final del día se los traigo...

—Bueno.

—Bueno.





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