martes, junio 06, 2006

A Demon in a Coconut tree


A sólo 30 kilómetros de Samaná.
Más allá del santuario para mamíferos marinos.
Más allá del mamey de los framboyanes.
Más allá del inútil puente de cemento por donde los carros invaden Cayo Vigía.
Más allá del túnel de laureles que se abrazan.
Más allá de la ballena de piedra.
A través de un camino de tierra roja, se encuentra la playa de Rincón.

Un río frío.
Montañas.
Un mar tibio
Yola.

Un pescador muy viejo contándome que los cocoteros forman la figura de un animal desconocido, y que en el último de lo que podríamos llamar el rabo, el único con un buitre picoteando sus cocos, hay un demonio encerrado.

Una criatura de 500 años con un hambre insaciable, tan terrible que sólo pudo ser sometido por Diosatán, ser verdaderamente omnipotente resultado de la unión de Dios con el Diablo.

Fue encerrado ahí porque Dios, en su infinito amor hacia sus creaciones apocalípticas, quiso darle la visión diaria del paraíso.

A medianoche, todos los días, se escucha un grito más fuerte que el trueno, después, los acordes de un laúd.

Si tocas el cocotero liberas la bestia que devorará el mundo en un minuto, el universo en una hora y, si Dios y el Diablo no vuelven a unirse, infierno y cielo en un día.

¿No me cree?, me preguntó el pescador descubriendo la burla en mis ojos, vaya y tóquelo.





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