jueves, octubre 04, 2012

La Casa Mamey

El verdadero dolor que mantiene despiertas las cosas
es una pequeña quemadura infinita
en los ojos inocentes de los otros sistemas.
Federico García Lorca


Nuestra casa estaba en una calle definitivamente concebida y construida para el ensanche Los Prados: quinientos metros, aceras con margaritas y royal crowns, tanques con tapas.
El ensanche estaba en la periferia, era la periferia de Santo Domingo.

La primera resolución de La Junta de Vecinos fue ir a un vivero a comprar palmitas. Organizó jornada de sábado y se la pasaron bebe y siembra bebe y siembra. Eran jóvenes y bailaron y se alegraron hasta la hora permitida por la dictadura.

Cada pareja con su Panchita cuidó de las matas en su frente. Las mimaron de tal modo que al morir Trujillo el ayuntamiento aceptó el dinero de la colecta para cambiar el nombre de la calle por Las Palmas.

Los conejos parieron. La tranquilidad del asfalto y de las pencas fue abolida. Corríamos sin cuidado de aquí para allá. Los pocos carros sabían de bicicletas y patinetas.

La Nuñez de Cáceres no tenía ruta de guagua. Todo era monte. La Junta cogió otro sábado para beber y cortar la hierba donde ahora está el almacén de Distribuidora Corripio. Nos enseñaron a jugar pelota. Se sentían orgullosos al vernos hacer hazañas como caer y caer.

Algunas tardes, en las que el sol mataba todo lo que se moviera, peinábamos con tirapiedras un tramo de monte en busca de nidos y frutas. En una de esas expediciones perdió Martín el ojo izquierdo. No recuerdo la última vez que alguno de nosotros sintió culpa o lástima ante los pestañeos del tuerto.

Un día llegaron camiones, picos, haitianos al monte. Regresamos a nuestra calle.

Los años ochenta llenaron las marquesinas de carros. La viuda Ramírez tenía hasta piscina. La Junta decidió que las pelas de los diciembres iban a ser celebradas allá. Sábado tras sábado un aguinaldo con angelito y el 31 un perico ripiao tocando hasta que los músicos acababan con el ron, y la tambora cumbia, y el acordeón merengue, y la güira cualquier ritmo, y el cantante sin voz, perdido con Panchita en algún lugar oscuro entre las cerezas.

Mi hermano se fue para Nueva York a hacer un postgrado no se sabe en qué. No regresó. A veces viene con la idea de quedarse por dos semanas. La esposa y los hijos gringos tienen la sangre más dulce del mundo para los mosquitos. A los cinco días se marchan con sarampión.

El primer año de universidad era un paseo. Subía sin frenos la Nuñez hasta la 27, doblaba a la izquierda y derecho a la Tiradentes: tres semáforos. La bebentina en los Ramírez empezaba temprano. A las diez los padres estaban borrachos de dominó. Nosotros tomábamos la piscina y bailábamos con un Sony gigante de 200 watts. Yo tenía amores con la mami de Purita.

Ya al final de la carrera la corbata no nos permitía llegar antes de que los profesores pasaran lista. Purita se había casado con un Mercedes Benz banquero y varias docenas de hijos y doscientas libras.

En el 91 vendieron los González. La casa resultó muy grande al casarse Patricia. Se fueron para Santiago ante la negativa del yerno para una vida sin pagar alquiler, entre cosas que tenían décadas en los mismos rincones, con los mismos ratones. La Junta llevó dulces de bienvenida a los nuevos propietarios, unos dominicanyorks. Fue recibida por minutos y sin sonrisas en la verja de la marquesina.

Se casó Martín. Se casó Adrián. Se casó Moisés. Se casó todomundo. Yo ni siquiera pensaba en este apartaestudio con techo de catacumba y sin ventana a la calle. Mis padres respetaban mi privacidad, Panchita seguía cocinando sancocho los domingos y planchándome las camisas con almidón, a veces me llamaba Niño Juan Bautista.

Las constructoras aparecieron con dinero lavado o sucio o bendito. Los tractores y los haitianos despertaron el ensanche. En doce horas la casa de los Pilarte pasó a ser el parqueo con ATM y guachimán del Banco Popular. Mi ventana cambió las cerezas y las cayenas amarillas de los Britos por un edificio de búnkers donde viven setecientos individuos que los fines de semanas olvidan la playa por el Infernet y los hometheaters.

Hace tres años el gobierno asignó ruta de guagua a La Nuñez. Los kamitaxis que descansaban allí fueron desalojados y reubicados en Las Palmas. Desde las seis de la mañana toman de punta a punta los quinientos metros.

La primera semana atropellaron tres perros, un gato y dos Panchitas. La tercera semana se instaló una fritura con cervezas bien frías. Ahí tragan sus fundas de grasa y vasos de plástico y las aceras son zafacones. La cuarta semana trasladamos el dominó, a pesar de la cara de su mujer, al apartamento de Martín. Chocaron el carro de Adrián por segunda vez.

La Junta que no estaba bajo tierra o en cama planificó una visita al Comesolo del gobierno que compró a los Polanco en busca de influencia.

La primera vez no pudo verlo. Había reunión del partido. Las yipetas con placas oficiales escoltadas de guardias alegraron al viejo. Sonrió imaginando el duelo del desalojo. Era natural que al encontrarse la policía y esos otros demonios llegara la sangre.

Tampoco lo vio la tercera, ni la cuarta, ni la quinta vez. Mamá y Panchita lo observaban vestirse, saco marrón con sombrero marrón. Regresaba fumando y callado antes que terminara la telenovela de la cena.

Por fin lo atrapó. Excúseme que no pude atenderlo antes. Entre. Siéntese. Usted sabe. El deber. Sí, pero no, no podía hacer nada frente el problema de Las Palmas. Recordó un discurso o un poema donde los taxistas eran padres de familia además nazis del Sindicato de Chóferes además votantes registrados además dominicanos. Lo siento mucho. Haga lo que yo. Suba esa pared. Adiós.

Papá regresó y se acostó sin cenar.

Las navidades pasadas en lugar de una fiesta se celebró un funeral en los Ramírez. La viuda murió en su mecedora escuchando la bachata de la fritura. En el velorio estaba Purita tratando de ponerle los cuernos al banquero ausente. Tú sabes los que esto tenemos que juntarnos morirse mamá para recordar mejores tiempos.

Papá vendió en agosto y murió en agosto. En junio, el nuevo dueño de los Ramírez, asesorado por un brujo para el éxito del burdel, pintó las paredes, las verjas, las putas y las palmas con pintura de aceite color naranja, de ese colorcito que aparece en la mierda de los desahuciados.


(from Summertime)





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