viernes, octubre 11, 2013

American Pest Control (Summertime)



On the whole, the world changes so fast, as if
indeed at a certain point it began to mainline
some muck obtained from a swarthy alien.
JBrodsky

La primera cucaracha la vio una cliente. Una mami de España que esa noche se quedó a cerrar conmigo. Al otro día el bartender descubrió una colonia debajo del frasco de las cherries. Los hombres happy hour sentados en los taburetes no se inmutaron cuando el haitiano que barre y suapea saltó sobre el freezer de las cervezas, las curianitas corrieron a esconderse por todas partes. Más tarde si levantabas un cenicero, movías una silla, buscabas fósforos, dentro de una jarra, entre los CDs de música electrónica y Totally 80s, en los pastelitos de pollo y en los quipes crudos que cocina la familia del turco socio mío, y que tuvimos que botar a pesar del lamento árabe, encontrabas uno o varios gritos.

El anuncio ocupaba la mitad de una página en las páginas amarillas. Los sellos de la FDA, del FBI, y una bandera de rayas y estrellas certificaban su eficacia.
—Jum, este debe ser caro, pero yo no quiero tener que joder con esta vaina otra vez— dijo el turco.

La fumigación tenía que ser el martes, día de asueto. Quedaron de pasar a las 2. Una moneda al aire decidió que yo les abriría, claro. Ese día desperté con el sosiego de no tener que hacer nada. Acaricié a la española hasta que despertó. El turco llamó en el mejor momento:
—¿Y todavía tú estás acostao? Jum, recuerda que tienes que ir al bar para la fumigación a las 2, ya son la 1 y algo, yo no quisiera que se vayan a ir, tú sabes que la gente en este país no quiere trabajar, que siempre encuentran una excusa para no tener que hacer nada, yo le pregunté y me dijeron que los fumigadores ganan un salario base, que no le dan comisiones por cada fumigación, así que si fumigan o no para ellos es lo mismo.

Salí sin comer. En la calle Amet tenía una redada en cada esquina con armas de combate. Requerían la revista del carro. Si no la tenías te daban un tiro en el dedo de tu elección e incautaban el carro, si además te hacía falta otra cosa como el seguro o la licencia el tiro era en el culo e incautaban el carro. El sol como siempre creía que era agosto. Santa Claus, los renos, los tres reyes magos y los ángeles de escarcha dorada sudaban de vicio. La nieve de plástico se derretía creando cascadas de resina en las paredes de los edificios.

Fumaba en la segunda planta de plaza Cataluña, deseando ser Guacanagarix en una hamaca frente al mar antes de que el eructo genovés de Isabel nos tapara el cielo con una catedral acabando con el summertime de los taínos. La italiana que hace alteraciones para la ropa que queda mal se acercó con una taza de café:
—Me dicen que ustedes no quieren pagar los adornos colectivos de navidad, tienen que entender que todos debemos pagar, si la plaza se descuida todos perdemos, si ustedes no pagan nadie paga, tú sabes que la gente en este país se agarra de cualquier cosa para hacerse el loco, yo sé que ustedes alegan que han tenido que pagar el gasoil de la planta de varios locales, pero eso es porque ustedes están abiertos de noche y los otros locales, aparte del ATM, sólo dejan una que otra lámpara prendida.

Ni siquiera le contesté. Me dediqué a mirar la taza en su mano con la esperanza de que la intensidad de mi odio la hiciera explotar mientras el café estaba caliente. Tuve que conformarme con cortarle los ojos y darle la espalda.

A las tres vi una camioneta de rayas rojas y blancas entrar al adoquín del parqueo. La capota tenía el símbolo de la bandera de Francis Drake pintado en rojo. El taíno cerró la puerta con fuerza. Fue a la parte de atrás, sacó un tanquemochila y una maleta de metal gris. Miró hacia arriba, le señalé los escalones.

—Perdone lo tarde, unos Amet pidiendo revista, con la fila que hay que hacé, el vecino mío tuvo dede las 4 de la mañana en eso y ni así, no habían marbete, cuando llegó su turno, a mí hay que matame pa yo hacé esa fila con este solazo, ¡ja!

La cara y los ojos estaban rojos de irritación. Entramos al bar. Le enseñé la despensa, la cabina del DJ, detrás de los freezers, en los rincones del segundo piso. Su atención iba desde las botellas de ron hasta las botellas de whisky.

—No se preocupe, yo rocío aquí y hasta los viralata que están en la Churchill estarán boca arriba mañana, el gringo dijo que este veneno viene de Afganistán, que los talibane lo usaban, usted sabe que los mosquito de allá son como pollo, hacen asopaos con ellos, dicen que lo inventó el mismo Bin Laden, probao con perros, incluso está prohibío en varios lugares de Europa y Nueva York, usted sabe, esos países ñoños que uno no puede fumar ni en su casa, en Nueva York por poco y le quitan un muchacho a una hermana mía porque ella fumaba en su casa, el mismo muchacho del diablo lo dijo en la escuela, yo lo mato. ¡Ofrézcome cuánto romo y yo en cuaresma!

Salimos. Fue al baño de la plaza a echarle agua al tanquemochila. Lo trajo casi lleno. Botó un poco, otro poco, otro poco, un poco más. Sacó una botellita con un liquido azul oscuro, fluorescente en los rayos del sol.
—¿Y eso no viene con una medida específica?
—Sí, el gringo nos dio un cursillo un domingo, pero la experiencia da esa medida, ni muy mucho ni muy chin—dijo sosteniendo la botellita como si fuera nitroglicerina. Dejó caer algunas gotas.
—¿Cuántas gotas se fueron ahí?—preguntó.
—Y qué sé yo.
—Creo que se fueron como muchas, pero bueno, lo que importa es que mate todo lo que se arrastre o suba paredes dijo el gringo— dijo cerrando la tapa del tanquemochila.

Sacó solemne de la maleta un traje amarillo con el frente cubierto de plomo. Miró mi mirada.
—El gringo dijo que este traje lo usan los doctores que bregan con yodo nuclear, usted sabe, vainas atómicas para el corazón.

Se lo puso muy despacio, se miró en la puerta de vidrio, parecía voluntario de otro Chernobyl. Buscó en la maleta otra vez, la máscara imprescindible no apareció, sacó una especie de antifaz con gomitas a los lados.
—¿Y eso no viene con una máscara especial?
—Sí, se me perdió en Monte Piedad, si la reporto me la cobran, esta está bien.

Se lo puso, se lo quitó, se lo puso, lo acomodó como pudo, respiró profundo y entró caminando despacio, como en la luna.

Escuché un sonido de aerosol gigante tres veces. No pasó un minuto, el experto salió con estrépito:
—Aaaaahhhhg..., aahhhhhgggg... Ay, ay, ay Diomío...
Las arcadas doblaron su cuerpo.
—Ayyyy, aaay, me muero..., ay Diomío..., ay Diomío... Aaaaahhhhgggg...
—¿Y qué fue lo que pasó?
—Parece que le eché demasiado, por poco y me voy ahí adentro, ay Diomío, no huelo, aaahhhhhggggg— dijo sosteniendo la pared con una mano.
—Bueno, falta el segundo piso.
Me miró abriendo los ojos hasta ocultar los párpados como un pescado.
—No señor aaaaahhhhg, yo no entro ahí adentro por nadaaaaaahhhhgggg del mundo, no señor aaaaahhhhg.
—Oye pero qué poco profesional son ustedes. Falta el segundo piso— dije tratando de no alzar la voz.
—¿Hay otra entradaaaaahhhhhggggg para el segundo piso?
—No, es un mezanine, la entrada es la misma.
—Yo sí lo siento mucho, si usted quiere nada más pague la mitadaaaaahhhhhggg, yo ahí no entro, aaaaaaahhhhhhhggggggg— y escupió para abajo.
—Por lo menos entra a apagar las luces.
—¿Y paraaaaaahhhhhhhggggg qué usted prendió las luces?

Parece que no se había dado cuenta que el bar era una bóveda de vidrios tintados, adentro siempre era medianoche. Traté de sobornarlo con amenazas, con dinero. Me ofreció el antifaz, lo maldije. Abrí las dos hojas de la puerta. Respiré profundo, entré corriendo en la niebla de Ántrax, apagué la luz, miré el control del aire, respiré un poco, corrí hacia la puerta.

Desperté sobre el sofá de la italiana de Alteraciones con una toalla mojada en la frente. La mujer tocaba en vano mi nariz con un algodón empapado de alcohol. Ella y el marciano de la barbería para niños me llevaron a la clínica Abreu.

El doctor dijo que la pérdida del olfato es temporal, así como esta irritación en los ojos, en la lengua, y claro, en los pulmones.





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