martes, mayo 15, 2007

A whimsical little incident

"No, no crime, only one of those whimsical little incidents which will happen when you have four million human beings all jostling each other within the space of a few square miles."
Arthur Conan Doyle

A mí me gusta el subway, enciendo mi iPod y voy observando las rarezas de Nueva York como en una película con un soundtrack de bachatas. La música me ayuda, el viaje desde mi casa en el Bronx a la casa de mi novio en Brooklyn se siente menos largo. La voz de Anthony Santos es un poco canalla, de intoxicado, pero con mucho sentimiento. Muchas veces es triste, el desamor siempre lo es; muchas veces es alegre, el nuevo amor siempre lo es.

El domingo la película fue de horror. En el vagón una mujer con dos mellizos hiper-activos, el término usado aquí para los niños insoportables hasta para sus padres. "DON'T JUMP MICHAEL JORDAN", gritaba la mamá al más jodón subido en el asiento y saltando con un grito en cada parada. "DON'T HIT THE GLASS SCOTTIE PIPPEN", gritaba la mamá al otro que golpeaba el cristal de la ventana con la intención de romperla.

Sentado justo frente a mí un hombre oscuro de rasgos hindúes mirándome fijamente. Me sentía incómoda, estoy acostumbrada a que me miren, allá en Santo Domingo los hombres te comen el culo con los ojos, pero esta mirada no era una mirada para enamorarte, no, era desprecio rayando en ira, como se mira algo considerado bajo, los fieros ojos fríos de un buitre mirando a un moribundo, esperando, esperando.

En East Broadway se bajó la mujer con sus dos gritos dejándome sola con el hombre mirándome. Apagué el iPod para estar más alerta, con "AUXILIO" en la garganta. A pesar del ruido del metal del tren frotando el metal de los rieles el silencio era absoluto. El hombre se paró, mirándome, agarró el tubo con una mano y con la otra, muy lentamente, empezó a quitarse la correa, mirándome. Yo pensé que iba a enseñarme el pene, expose himself, como en una noticia del New York Post de un pervertido gozando. Entonces el hombre empezó a enrollar la correa en su mano derecha, mirándome. Yo estaba muda, paralizada, sintiendo las venas hinchándose en mis sienes, oliendo el peligro como se huele la peste de un ratón muerto. "Carroll Street", anunció una voz, y el hombre, mirándome, se puso la correa otra vez saliendo al abrirse la puerta.

Llegué temblando a la casa de mi novio. Él quería ir a la policía, pero, de verdad, ¿cuál fue el crimen? ¿Que un hombre se quitó la correa mientras me miraba fijamente en un solitario vagón del tren F?


Picture by Travis Ruse





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