miércoles, enero 16, 2008

l u v i n a

A veces llueve tanto que aun con sombrilla siempre te mojas. Y un día de esos, mojado, palabras congeladas en el aire, Luvina entró a mi vida. Yo estaba en mi escritorio tratando de convencer por teléfono a un bodeguero de colocar su dinero en una cuenta más productiva que el insignificante 0.25% de la cuenta de ahorros. "Si siguen jodiéndome con la llamadera esa voá sacai mi cuaito de ahí", fue su respuesta. Creo, la verdad, que no quiere venir porque le teme a la modernidad solemne de este edificio considerado un landmark en Brooklyn; porque le molesta dejar su divertida rutina detrás de un counter escuchando bachatas atendiendo a madres solteras comprando galones de jugo rojo Tampico con cupones; tal vez no le tiene confianza al cuñado con la caja; tal vez su desconfianza dominicana hacia los banqueros es demasiado fuerte. "Ta bien mi tierra", le dije, "vamo a dejá su cuenta como ta."

"Joan, come see what this custama wants, she don't speak no English man", dijo la voz con ese acento que cada tarde me ayuda a recordar que I could be loved. Luvina estaba frente a una cajera, casi escondida detrás del counter, una gorra de los Indianapolis Colts.
"Hola, soy Juan, dígame lo que quiere", le dije, con ese tono arrogante del individuo que se cree importante, olvidando el primer paso del cursillo "Knowing the Customer": Preguntar el nombre del cliente.
"Buenos días, sí, quiero retirar dinero", me dijo con ese tono apenas audible de las personas muy educadas o acostumbradas a la servidumbre.
"Luvina, ¿y ya llenó el formulario de retiro, el verde?", le dije después de ver su nombre en la computadora.
"Pues fíjese que no, quisiera retirar 200 dólares, ¿puedo?"
"Claro que puede", le dije como un imbécil sin mirar el balance de su cuenta. "Ay no, su balance es de 55 dólares", le dije después de mirar los odiosos números azules en el monitor. La ayudé a llenar el formulario de retiro y Luvina regresó al aguacero con 50 dólares en la cartera, que acaso no le alcanzarían para los gastos básicos de esa semana. Y ese fue el primer día de varios. Ella llegaba, me buscaban, y yo sufría con su pasado y su presente y su futuro y el constante déficit de su presupuesto.

El 24 de Diciembre Luvina entró al Banco vestida como la Estatua de la Libertad esculpida por tres borrachos en un taller de ebanistería tercermundista. Una réplica de 4 pies de la ofrenda francesa al país que le abre los brazos a los cansados, a los pobres, a las masas ansiando ser libres, a los sintechos del mundo entero; pero en lugar de esa famosa inscripción, ya anacrónica, esta patética copia de carne y hueso con facciones mexicanas (de una heroína de Rulfo, no de una actriz de Televisa) tenía un letrero en el pecho promocionando una oficina para llenar papeles de impuestos: "LIBERTY TAX SERVICES, hablamos español." Por suerte estamos en Nueva York, donde la vergüenza se perdió, donde nadie te mira fijamente ni se ríe de tu apariencia porque no le importa; si hubiese sido en Santo Domingo o en Puebla o en La Cuesta de la Piedra Cruda tendría un coro de niños y adultos pegado a su sombra, burlándose de la sábana verde, de las botas amarillas de construcción, de la diadema de plástico con sus siete rayos torcidos.
"Mire, me da mucha pena que no le compré nada, tome esto de regalo", me dijo pasándome 20 dólares.
"Ay no, no puedo aceptarlo", le dije empujando el billete hacia su lado.
"Tómelo por favor, que usted ha sido muy bondadoso conmigo", me dijo empujando el billete hacia mi lado.
"Ay no, de verdad, ete e mi trabajo, no se preocupe", le dije empujando el billete hacia su lado.
"Feliz Navidad, y que el año que viene se le cumplan todos sus deseos", me dijo tomando el billete, resignada, metiéndolo en algún bolsillo escondido en la ropa debajo de la sábana verde.

Hoy la vi otra vez. Como siempre me llamaron. Luvina volvía a su atuendo de segunda mano, cambió la torcida corona de la libertad por su gorra con una herradura de los Indianapolis Colts.
"Aquí tiene un regalito", me dijo pasándome una funda plástica. "La tarjeta ya no tiene razón de ser, pero es que no pude venir antes."
Mi instinto de hombre duro me advirtió: "POR NADA DEL MUNDO ABRAS ESA FUNDA DELANTE DE LA GENTE."
"Open it", dijo la Cajera, esa hija de la gran puta. Yo sabía, sin abrir la funda, su contenido. Algunas baratijas que nunca iba a usar, un desperdicio inútil de tiempo y emociones y dólares para alguien que no puede darse ese lujo. La Cajera, esa metiche, se desesperó con mi lentitud, agarró la funda y empezó a sacar regalos:
  • Una tarjeta musical Jingle Bells, con una paloma y tres velas y Pitufina y Christmas Wishes
  • Un par de medias VISE, grises con lunares dorados
  • Unos polvos olorosos CANDID, para el cuerpo entero
  • Un perfume IMARI, eau de cologne
"Are you crying?" me preguntó Linda, la otra cajera mirona, que es muy fea. "Oh, you're so sweet."
"No soy dulce na, ya soy un viejo", pensé mientras salía casi corriendo hacia el baño, sin darle las gracias a Luvina.


Picture by Juan Rulfo





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