miércoles, febrero 13, 2008

House of Cards

Mi mujer y yo queremos comprar una casa. Decidimos que ya era tiempo de embarcarnos en una hipoteca a 20 ó 30 años. Nos pasamos el año ahorrando, para completar con los 5 mil dólares, más o menos, devueltos por los impuestos, y dar el down payment; pero para nada, la quimérica infraestructura colapsa, al final de febrero o marzo o abril estamos en cero de nuevo, y con la terrible sensación de ser más viejos y más pobres, y es verdad, lo somos.

"Aló, ¿ta Julia ahí?, e Julito, su papá ta grave", dijo la voz del hermano evangélico de mi mujer cuando contesté el teléfono, abajo se escuchaba una bachata, creo que alguien pedía una cerveza. Y podría haber sido otro día de principios del año pasado, o del antepasado, o del 2004: el tono trágico, la fatalidad esperando un milagro, la falta de cortesía, el ruido del colmadón en el fondo, eran los mismos. Llamé a mi mujer y salí a fumarme un cigarrillo. Afuera la nieve caía en hielitos, cerré los ojos dejándola golpear mi cara. El vecino paleaba en su acera, le gusta, he visto la alegría de loco en sus ojos al inicio de la tormenta; es de esa clase de seres humanos que deben estar haciendo algo físico o se aburren; odia los domingos, se alegra cuando al carro se le pincha una goma; si no tiene nada que hacer, se pone a mover los muebles de sitio a sitio. "Vecino cuánta nieve, ¿no quiere paliá?, no se apure que yo voy a paliá la acera entera."

Mi mujer es una buena hija, no que el papá ha sido un buen papá. La mamá se murió antes de yo conocer a mi mujer, el viejo la mató con cuchillitos de palo. Mi mujer tiene dos hermanos, el evangélico en Bonao, que es un cero a la izquierda, y el otro, que es otro cero, en algún apartamentico decorado con buen gusto en el Village. Ese vino a Nueva York y desapareció. A principios de diciembre lo vi en el Subway. Era sábado y para yo llegar a mi trabajo tuve que tomar un tren hasta la 149 Grand Concourse, de ahí una guagua hasta la 125, de ahí una bicicleta hasta la 96, de ahí un camión de bomberos hasta la 59, y de ahí el N para Brooklyn. Es que los fines de semana los conductores parece que beben y los trenes están de su cuenta. En fin, en Pacific entró Juliandy y a pesar del tiempo sin verlo lo reconocí de una vez, está más joven. No parece dominicano, con su abriguito entallado a la moda, su bufanda de colores llamativos haciendo juego con su boinita de lado, sus cejas sacadas y sus jeans estrechos con correa de hebilla ancha, muy coqueto él. Iba con otro tipo del mismo estilo, diciéndose secretos ante la mirada de los otros pasajeros. Mi mujer dice que él no nos visita porque piensa que nos da vergüenza tenerlo de familia, yo creo que es él el que se avergüenza de nosotros. Nada, que cada vez que el papá se enferma él no ayuda para nada, y la inmensa cuenta de la clínica sale de nuestros bolsillos. Me hice el loco y no lo saludé.

"So, what is it this time?", le pregunté a mi mujer cuando entré, pensando en las borracheras del enfermo, hasta un hígado de acero un día dice basta. Ella me miró con reproche, no le gusta que le hable en inglés. Tiene la teoría de que lo que se dice en un idioma aprendido como segunda lengua no se siente igual, uno miente más fácil: "I love you" se le dice a cualquiera, "Te amo" a nadie.
"Tiene lo pie hinchao, lo tienen con suero to el tiempo, no puede repirá, el hígado no funciona, el corasón no aguanta una operación", me dijo mirando el suelo. Me da pena con ella, ya tiene arrugas en la boca, sus manos llenas de cayos, hace más de cinco años que no toma unas vacaciones, pero estoy seguro que desde que se muera el viejo reservará un vuelo. Es lo de siempre con los pobres, la familia sólo se junta en los entierros. Creo que le da vergüenza conmigo, el dinero también es mío y, sin embargo, yo no cojo ni para comprarme otro coat, que necesito. Mi familia no me pide nada, soy hijo único y, por suerte, huérfano.

Yo sé, lo que importa es la familia, yo lo sé, pero, ¿y qué de nuestros sueños?, ¿no nos hemos matado trabajando para comprar nuestra casita? El compadre Elvis y la comadre Fe tienen su casa, el compadre Miguelo y la comadre Damaris tienen su casa, el compadre Rafelito y la comadre Ada tienen su casa, y mi mujer y yo en este apartamentico. Yo quiero que ustedes nos hubiesen visto antes de esas llamadas del maldito evangélico. Nos sentábamos a buscar en el internet una casa acorde a nuestras posibilidades, en el Bronx, con sótano. Yo me pasé dos años haciendo cálculos, noche a noche. Si alquilábamos el sótano, y dos habitaciones, podíamos pagar las mensualidades con menos de lo que pagamos ahora de renta, y propietarios, sin ningún landlord tocando la puerta un domingo en la mañana con la autoridad que da un título de propiedad. Yo quiero que ustedes nos hubiesen escuchado antes de dormirnos, hablando en la cama firmando el préstamo en el Wamu pintando las paredes de verde claro mirando las estrellas en el techo oscuro. Ya no, cuando se acerca el tiempo de recibir el cheque del Income Tax tememos hacer planes, no queremos invitar a la Desgracia, y aun así, ella nos visita, puntual. Qué maldita coincidencia la enfermedad del papá justo en estos meses, eso es una maldita coincidencia. Es como si el viejo conociera al cartero que trae el cheque quien lo llama para que lo pida para atrás ahí mismo. Qué sensación de impotencia tener ese cheque en la mano sólo para cambiarlo y enviar una remesa a Bonao. Mierda, ojalá que esta vez se muera, y perdóname Dios mío, pero a veces pienso que entre el evangélico y el viejo borrachón y algún doctor vagabundo nos están cogiendo de pendejos.





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