martes, agosto 12, 2008

The Man in the Back Seat

"Mamá, cuéntame algo de papá", le dice el niño de 40 años a su madre. "Casi no lo recuerdo, sólo hay una foto de él, el día de la boda de ustedes, buenmozo, saco negro, cabellos negros, parece un actor mexicano de los tiempos de Pedro Infante y Libertad Lamarque."

La madre y el hijo están sentados en la galería de una casa en Athens, Tennessee, un pueblo gringo del Sur cuyo nombre fue puesto por algún gracioso precursor de Mark Twain; el único parecido de esta tierra con la antigua Atenas es que en las secundarias todavía se practica el lanzamiento de jabalinas. Muchos mullets, las noticias principales de todo el estado son la crecida del río Mississippi, que un oso atacó a un niño de 8 años, que el jueves se presentaron a casa llena en el Titans Stadium, con capacidad para 200 mil criaturas, los comediantes epítomes de la redneckness del Blue Collar Tour.

"Tu papá era muy inteligente, saliste a él, muy chistoso, era muy divertido estar con él si sólo se bebía dos tragos", dice la mamá buscando en su mente algo bueno entre tantos malos recuerdos. "Deja ver, qué te cuento, ah sí, hay una historia que siempre me hace reír, que demuestra el ingenio y la habilidad de tu papá. Esto pasó en los años más sangrientos del gobierno de los 12 años de Balaguer, con la Banda Colorá, formada por asesinos, pagada por el gobierno, torturando y desapareciendo a cualquiera que estuviera en contra de Balaguer, una dictadura hipócrita, disfrazada de democracia con elecciones cada cuatro años, ganadas por Balaguer, claro está, mataron los mejores hombres y mujeres, por eso es que el país nuestro está como está, sin líderes reales, sin ninguna clase de ideología que no sea la de robar, y ese es el líder a emular por el actual presidente Faraonel, como tú le dices, quien no mata a la oposición, no, él cree en Dios, por eso sólo la compra, por eso..."

"Mamá, la historia please", dice el hijo admirando la capacidad, todavía intacta, de la mamá para indignarse.

"Bueno, los años de sangre de Balaguer, unos años igualitos a los de ahora excepto que ahora Faraonel..."

"Mamá, la historia please..."

"Excúsame, es que me da cuerda, bueno, tu papá había perdido el trabajo por meterse a hacer el pacto colectivo de los obreros, es decir, ser sindicalista que era lo mismo que comunista, cancelado sin remuneración; imagínate, sin trabajo y con cuatro hijos, Vilma no había nacido y tú todavía estabas débil por la hepatitis; entonces se entera que un partido de la izquierda estaba pagándole a sus dirigentes desempleados, eso de partido de la izquiera era una exageración, era un partidito considerado comunista porque su líder tenía un par de mellizos llamados Vladimir y Lenin; eso de pagándoles era una exageración, le daban unos pesitos a sus dirigentes para la organización de mítines con fachadas de cumpleaños en patios y enramadas y salas de casas; entonces un día ofrecen un dinero a los valientes dirigentes que se encarguen de transportar a los pueblos de Sur los panfletos 'ABAJO EL GOBIERNO' acabados de imprimir en algún sótano. Cuando digo dinero eran unos pesitos que quedarían después de la gasolina, y sin comprar comida, pero algo era algo, además, yo siempre pensé que tu papá lo hizo por el sabor a aventura del asunto, la falsa sensación de una tarea importante sólo por ser peligrosa..."

En ese momento suena el teléfono, una tía llamando desde Nueva York para preguntar qué habían cocinado hoy en Tennessee, ya había llamado a Providence y a New Jersey y a Orlando y a North Carolina y una tarjeta de dos dólares para Bonao. La verdad es que la compañía de teléfono pierde con esta familia, ese plan de Hable-Todo-Lo-Que-Pueda-En-El-Territorio-Norteamericano-Y-Pague-Una-Tarifa-Fija deben estar revisándolo ya, seguro que pronto le pondrán una cláusula "No Available for Dominicans."

"Mamá, cierre ahí y termine con la historia please."

"Hablamos mañana Fe, yo voy a cocinar un moro de habichuelas negras con pavo horneado, te llamo mañana desde que se acabe la novela", le dice la mamá al teléfono, y mirando al hijo, "tan desesperado, igualito a tu papá, ¿dónde iba?, ah sí, entonces tu papá convenció a su primo Mateo, el de las orejotas, con su carro Chevrolet Impala, igual de grande que sus orejas, para el recorrido. Mateo empezó a sudar y a tartamudear desde que subieron las cajas con los panfletos 'Balaguer Faraón de Cal' 'Balaguer Asesino de los Pobres' y otras linduras por el estilo. Todo iba bien hasta que pasaron el peaje de la capital, como a medio kilómetro había un puesto de guardias revisando carros buscando material subversivo, oye eso, ya tú te puedes imaginar cómo se puso Mateo, no podía dar riversa en medio del tapón, no podían hacer nada que no sea enfrentar a esas bestias con armas largas y rezarle a todos los santos, lo que hizo Mateo, pero tu papá no, sorprendiendo a Mateo, que pensó que tu papá se iba a echar a correr, se pasó para el asiento de atrás; 'Mateo, por nada del mundo abras la boca', le dijo tu papá y se puso las gafas. Cuando llegaron al punto de chequeo un sargento le toca los vidrios, Mateo lo baja, temblando, y tu papá dice desde atrás, con gesto y voz de jefe, '¿Qué e lo que pasa?'; el quepis lo mira, analiza la situación: Un hombre con gafas negras sentado en el asiento trasero, con un chofer blanco manejándole el carro, y contesta, 'Nada, nada mi comandante, perdone la moletia, cumpliendo con mi deber', y acto seguido le dice a los otros animales que abran paso como si en ese carro fuera el presidente del país."

La mamá sonríe un poco, recordando, y el hijo también, imaginando, decidido a eliminar en su cerebro a los pesitos como el motivo real del civismo paterno en la historia y reemplazarlos por el deseo de hombre bueno de su papá de vivir en un país democrático y estar en contra de los poderosos que además no tenían la razón, como ahora no la tienen. No es verdad que le va a regatear esa efímera gloria a un muerto.





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