sábado, septiembre 29, 2012

Varanasi



A. me gustó de una vez; no, me cayó bien de una vez. ¿Y por qué diablos la llamo A.? Me voy a llevar del consejo de Barnes y voy a decir su nombre completo, Amelia; además, no quiero irrespetar a Kafka. Coincidimos en el aeropuerto de Miami. Ella regresaba a Nueva York desde Santo Domingo con escala en la ciudad del sol chopo. Yo regresaba a Nueva York y por suerte American Airlines había sobrevendido la clase turística, me reubicaron en primera clase, a su lado, priority access yes. Frente a nosotros iba sentado, o parado, el Jerry, un merenguero dominicano vestido como un rapero gringo; un niño que pasaba con una mujer hacia el culo del avión le gritó, “Ludacris give me an autograph.”

“¿Ustede no saben quién soy yo?”, nos preguntó el Jerry, bajando un chin sus gafas Gucci o Pucci para que pudiéramos apreciar la nada en sus ojos.
“No”, dijo Amelia.
“No”, dije yo. 
“Yo soy el Jerry, la vos má ronca del merengue de calle.”
“Perdón, pero a mí sólo me gusta Fernandito y Juan Luis”, dijo Amelia.
“Sí, a mi me encanta el Mayimbe, y Juan Lui ante de que se metiera a evangélico”, dije.
“Mírenme ahí, que me tan demandando por darle golpe a una mujer y por no mantené a un hijo en Puerto Rico”, dijo el Jerry, enseñándonos su foto, otras gafas, en un periódico del año pasado. Uno de los azafatos se acercó, pidiéndole por décima vez que se sentara, que se pusiera el cinturón, que el avión iba a despegar.

Amelia venía de pasarse las navidades en Moca. “Allá me sentí una muchachita de nuevo, durmiendo más de ocho horas cada noche en la misma cama que me sintió crecer. Allá aguanté el trato de los hombres, unos burros, sugeridos como candidatos para un nuevo matrimonio por mis amigas de colegio preocupadas por mi soledad newyorkina. Allá disfruté del sazón de Viola. Allá visité la tumba de mamá, de papá, de mi querido Pablo.” 

Yo venía de pasarme una semana en Miami, preguntándome quién coño fue el urbanista responsable de diseñar esa ciudad de elevados, sin transporte público, donde parece que está prohibido pintar edificios y casas con colores que no tengan nombres como fucsia, aqua, beige, pastel, donde un concierto de Paulina Rubio una noche de martes lleva más gente que una exposición de Picasso, Dalí y Rembrandt durante 6 meses. En esa semana vi a la mujer motivo de mi visita transformarse en otra persona. “Por favor ven”, me dijo por teléfono. “I miss you so much.” Sin embargo, nunca tuvo tiempo para mí, y cuando lo tuvo fue para decirme que se había enamorado de un pintor cubano cuyos cuadros, regados por el apartamento, invariablemente tenían a Fidel Castro en el centro, los últimos con ropa deportiva Adidas, rodeado de camiones volteos usados como guaguas para transporte público en la Habana, o de hombres y mujeres haciendo filas para conseguir una libra de sebo de cerdo (así se llamaba el cuadro), o de edificios en ruinas, sin pintar desde el 1959, frente a un malecón oscuro, alumbrados sólo por la luz de una luna inmensa y roja, o de siluetas detrás de rejas con la leyenda “Cuba Presa”, en fin, Fidel rodeado por el fracaso de la revolución desde el punto de vista de un hombre que piensa que la mejor forma de tumbar la dictadura de los Castros es tirándole cáscaras de guineo y tomates podridos al entrañable Ibrahim Ferrer cuando Buena Vista Social Club fue nominado para un Grammy Latino, o hacerle un boicot a cualquier artista latino que se ponga un t-shirt del Che o que se atreva a tocar un concierto junto a Silvio Rodríguez.

“Se llama Yosvanny Manny”, me dijo esa maldita chopa, orgullosa, como si hubiese dicho Van Gogh.

Me sentía deprimido. Además del golpe a mi autoestima, ser sustituido por un hombre con un nombre como ese y sin el menor concepto de la luz, además de haber desperdiciado una semana de vacaciones caminando solo por calles anchas llenas de remanentes Art Deco y de turistas fans de Miami Sound Machine, viajar en avión me enferma. Desde que pongo los pies en un aeropuerto la cara me cambia. Es miedo sí, pero también es indignación hacia el peor servicio de todos los servicios posibles. Imagina tener que estar tres horas antes de que abra un supermercado, y cuando llegue tu turno te digan que ya se acabó la carne que buscabas, que no hay pescado. Imagina tener que esperar tres horas para que te atiendan en un restaurant, y cuando llegue tu turno te digan que regreses mañana. Imagina tener que hacer una fila de tres horas para entrar a un cine sin ser un fanático del Señor de los Anillos o de Star Trek. Imagina que cuando por fin llegas al counter una mujer muy blanca y muy vieja te dice, “Your flight was cancelled, the plane was having a malfunction, you must wait for the next flight, it is only 9 more hours, or better yet, come back tomorrow." Imagina que después de leer un libro entero de Umberto Eco, notas en latín y todo, doliéndote el culo por haberte pasado horas muertas sentado en cualquier piso o alfombra, para pasar al siguiente infierno, a esperar el anuncio de abordar,  tienes que quitarte los zapatos y la correa, take off your glasses, no puedes tener nada líquido contigo. No sir, you cannot, you may not, you are not allowed. Take off your hat, no puedes fumar coñazo. Sir, sir, lower your voice, do you want me to taser you? Imagina que si hay un accidente, y el piloto no se llama Sully Sullenberger, nadie se salva.

“Estábamos en Varanasi, mi esposo había visto un documental sobre el Ganges”, me dijo Amelia, triste, mirando las nubes debajo de nosotros. “¿Tú has ido a la India? Es muy espiritual, hermosa, el Taj Majal, y toda esa increíble arquitectura, pero hay mucha pobreza, muchos olores sospechosos, muchas vacas en el medio y muchos niños con brazos amputados para tener más éxito como mendigos. En las tardes no se podía respirar sin inhalar el humo de los cuerpos que diariamente quemaban en las orillas del famoso, sagrado y sucio río. ¿Tú sabías que tiran las cenizas en el río y que la gente se baña ahí y bebe de esa agua parda? Con razón hay tanta lepra. Entonces despierto pensando que estoy en Nueva York, el abanico de rattan en el techo me hizo volver a la India, al tercer mundo. Pablo, Pablo, Pablo. Estaba muerto. “E stroUke”, dijo un doctor con turbante y bindi. ¿Tú sabes los trámites que hay que hacer para transportar un muerto desde Varanasi a Santo Domingo, a Moca?, y yo sola. Por suerte Pablo era ciudadano americano, y yo también.”
"¿Y cuánto hace que se murió?"
"Hará cosa de 5 años. A veces, pero eso le pasa a todo el mundo, creo que lo voy a ver cuando abro la puerta del apartamento. Imagínate, lo conocí de muchachita. Cada invierno, con la primera nevada, Pablo hacía una bola de nieve, del tamaño de su puño, y la metía en el freezer de la nevera, la conservábamos hasta el próximo invierno; todavía tengo la última."

Yo estaba imaginando la añeja bola de nieve en la nevera, la trama de “The Sisterhood of the Traveling Pants” era demasiado laberíntica para seguirla sin escuchar los diálogos, cuando empezó la turbulencia. Nos agarramos las manos entre gritos, el hombre detrás de nosotros se desmayó y la hijita lloraba “Daddy, Daddy, Daddy.” Mi ateísmo fue puesto a prueba, y uní mi voz, con fe genuina, al coro de los arrepentidos pecadores en un Padre Nuestro bilingüe. Antes de morir sentí ganas de sincerarme con el mundo, quería decirle a Amelia que por mi mente había pasado tener sexo con ella gracias a que acababa de leer el maravilloso libro de Taichi Yamada, quería pedirle perdón a mi mamá, a mis hermanos, a la mujer que acababa de dejarme y decirle que los cuadros de Yosmanny Manny me parecieron excelentes, quería decirle al Jerry que sí había escuchado su música y que me gustaba mucho el merengue que habla de la morena que tiene el barrio en ayunas, pasando hambre por tu amor mami, pero, por suerte, no tuve tiempo, después de un bajón de montaña rusa el piloto hizo su trabajo estabilizando el avión. El piloto habló, los azafatos recogieron los platos rotos, un pasajero doctor revivió al cobarde detrás de nosotros y Amelia y yo seguimos abrazados hasta el JFK.

No me gusta describir a la gente, de hecho, carezco de esa cualidad, es mejor que tú, perdón, lo estoy tuteando sin conocerlo, es que los dominicanos somos unos frescos, es mejor que usted imagine, además para mí el físico no tiene importancia, sólo le voy a decir que Amelia lucía mayor de 40 años, digamos 50 y pico. Otra cosa, los ojos, no eran marrones ni negros, tampoco azules ni amarillos, eran verdes. No la imagine gorda ni alta. Sólo diré que de joven debió ser muy hermosa. Y culta, es profesora de geografía en una escuela para ricos en Manhattan; vive cómoda, viajecitos a Moca, a Europa, y hasta envía de vez en cuando una remesa a su primo Lorenzo que se lo está llevando el mismo diablo viviendo en Santo Domingo con 4 hijos y trabajando para el ayuntamiento.

Let us land you and I. Sin decir palabras asumimos que íbamos a tomar el mismo taxi. Si el destino era su apartamento en uptown o mi sótano en el Bronx estaba por verse. Yo salí corriendo a fumar mientras Amelia esperaba por sus maletas. Me felicité por haber llevado el coat a Miami, el frío era un rinoceronte blanco. Afuera un taxista de Bangladesh me dijo que me llevaba por 45 dólares a Manhattan, y si era al Bronx por 60, lo que me pareció un buen trato, además, el tipo me cayó bien, era más chiquito que yo. Entramos, Amelia hablaba con otro taxista, dominicano, pedía 70 dólares.
"No", le digo, "ya yo conseguí uno."
"¿De dónde tú ere, boricua?", me preguntó.
"No, dominicano", dije, alzando la voz con orgullo patrio.
"Mi tierra, dale comida a tu gente entonce, vete conmigo."
"Amigo, eto e un negocio, él me lleva má barato", le dije. El taxista dominicano cerró los ojos y ante nosotros se transformó en un kraken terrestre, miró al taxista de Bangladesh, empujándolo, gritándole, "Motherfucher, fucking jabibi, fuck you." 

Nunca había visto un rebú llegar a ese nivel de violencia en tan pocos segundos, y en un aeropuerto, hay que ser bruto. El taxista dominicano empujaba y maldecía al taxista de Bangladesh. Un policía apareció y, abracadabra, la ira del semidios caribeño amainó con la visión del uniforme azul.

"Sorry officer, but he take my customer", dijo el tipo. 
"That is not true", dije yo. 
"Yes is true, is true, is true, is true..."
"Simmer down now", le dijo el policía.

En este episodio, al final, para mitigar un poco mi vergüenza dominicana, hubo justicia poética, triunfó la razón del hombre sensato. Otros pasajeros que presenciaron el incidente provocado por el demente del volante decidieron no irse con él tampoco. "He must be on something", escuché a alguien murmurar. Amigo taxista, si tienes que ir al aeropuerto a recoger pasajeros, y te pones violento cuando hueles perico, por favor, no huelas perico, o por lo menos cambia de pusher, dile que te den un material más groovy, más mellow yellow.

El taxista de Bangladesh tenía GPS, no tendríamos que ir indicándole el camino. Adentro del carro pensé algo. Apenas horas de conocernos, y ya teníamos historias juntos, anécdotas para contar entre dos. Nos burlamos de un artista popular, creíamos que íbamos a morir, tomamos parte en un incidente casi violento con policía y todo, en fin, cero aburrimiento, lo más terrible que puede existir entre dos personas. Miré la nieve cayendo, las calles mojadas, la isla de rascacielos cada vez más cerca y me sentí feliz de haber regresado a Nueva York.

"Tengo que decirte algo", dijo Amelia, íbamos cruzando el Battery Tunnel. "Después que se murió Pablo, no he estado con otro hombre."

El Upper West Side comprende una zona grandísima entre la 59 y dale para arriba, Central Park, ballet, museos, opera, gente rica. El taxi se detuvo frente a un edificio con portero, uniforme, quepi, abrigo negro, botones dorados. 

"Bienvenida Doña Amelia", dijo el portero, cargando las maletas.
"Buenas noches Wilkins", contestó ella sin mirarlo, cortando la conversación con un gesto. Conozco este tipo de gesto, he tratado de hacerlo pero hay que nacer con esa habilidad. Siempre útil con los porteros de los edificios, los porteros que son unos imprudentes. Una vez empecé a salir con una muchacha y el portero de su edificio me reveló su activa vida sexual con un "Ponte condone varón."

El sexo es como montar bicicleta. Me dejó en el sofá y se fue a bañar. Aproveché para ver la bola de nieve en la nevera, ahí estaba, más pequeña de lo que imaginé; sentí ganas de llorar, y al mismo tiempo me sentí feliz. Muchos retratos en una mesita me enseñaron el rostro del difunto Pablo, distinguido, con entradas y lentes. Me detuve frente al ventanal de la sala que era un pedazo del Central Park, opacado por la nieve que seguía cayendo. Hay que pasar un invierno con temperaturas bajo 0 para comprender el comfort, el bienestar que se siente estando dentro de un lugar seco, tibio, disfrutando de la compañía de una persona querida mientras afuera el viento, aullando, y la nieve, en silencio, hieren a los transeúntes en cuerpo y alma. Sin poder abrir la ventana, no queriendo molestar, bajé a fumarme un cigarrillo. Afuera me sentía en armonía con el universo, primo hermano de las estrellas que no veía, parte esencial de una vastedad elemental. Dios, el cambio de ánimo que produce el buen sexo en los seres humanos. Amaba a todomundo, hasta al portero que se acercó y me pidió un cigarrillo.

"¿Tú ere familia de Don Pablo?, te parece mucho a él", me dijo. Practiqué el gesto que exigía discreción, sin éxito.
"¿Y cuándo viene Don Pablo? Que él me ofreció traeme un Brugal y par de Presidente jumbo de Santo Domingo, tal ve la mandó con Doña Amelia", dijo, humo y vaho uno.

No pude esperar el ascensor, volé hacia el apartamento de Amelia. Entré, ella estaba sentada en el sofá, húmeda.

"Podías haber fumado aquí, sólo tenías que abrir esa ventana", me dijo llamándome con las manos. Estaba hermosa, con una bata parecida a un kimono. El milagro de la fantástica Matsuko se había hecho realidad en Amelia, había regresado a sus 30 años.
"¿Y por qué el portero me preguntó por tu esposo, como si tuviera vivo?", le pregunté con una ametralladora en la boca. 
"Tenías que arruinarlo, tenías que hablar con ese imbécil, Vete, VEte, VETe, VETE..." empezó a gritar, vena en la frente, histeria. "VETE, VETE, GET OUT."

Salí del ascensor sin escuchar las últimas preguntas o confesiones del portero. La calle estaba desierta, cada segundo más blanca con los copos que en el aire, con la luz de los faroles, parecían una plaga de insectos. Caminé lentamente, arrastrando mi bulto, pensando en sus palabras, tratando de encontrar un vestigio de verdad al que aferrarme, o por lo menos un taxi, o por lo menos a alguien que dirigiera mis pasos hacia la estación del Subway más cercana.





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