viernes, marzo 13, 2009

Written by Vonnegut

"Diríase que una sola persona ha redactado cuantos libros hay en el mundo; tal unidad central hay en ellos que es innegable que son obra de un solo caballero omnisciente", escribió Emerson el mismo año que República Dominicana declaró su independencia, 1844. Este pensamiento fue una de las cosas que me movió a hacer lo que hice, plagiar a Kurt Vonnegut, con su consentimiento.

¿Por qué Vonnegut? Aquellos que me conocen bien saben que hay otros escritores que me gustan más; pero a Vonnegut siempre lo sentí más cerca de mí, lo sentí familia; un tío alto y talentoso que la adversidad me impidió conocer en persona, y pasar con él veranos en Nantucket, y compartir un por ciento del ADN.

Además del párrafo de Emerson, debo mi idea a dos acontecimientos simultáneos: La muerte del querido Vonnegut, y ver un documental sobre la brujería en Haití.

El espíritu de Vonnegut estaba en el aire, era parte del aire, un pensamiento bien estimulante. Y así como muchas personas se ponen en contacto con sus seres queridos a través de un brujo o medium, ¿por qué yo no podría ponerme en contacto con él? Y ya en contacto con él, ¿qué le impediría dictarme alguna novela en la que estuviera pensando cuando lo sorprendió la muerte?

Bien. Tengo una hermana en Miami que le gusta la santería. De hecho, tiene su brujo particular en el pequeño Haití. La llamé:
Oye una cosa, ¿tu brujo te puede poner en comunicación con los muertos?
¿Y con quién tú quieres hablar, con Papalao?
Contesta la pregunta muchacha.
Bueno, él es bien poderoso sí, imagino que puede.
Averigua eso y llámame al favor, pero una cosa segura, que no quiero coger para Miami y que sea una falsa alarma.
Ok, déjame llamarlo a su celular, te llamo patrá ahora mismo.

"Reading 'Road to Uranus' by Dino Bonao, one cannot help but remember Vonnegut. A unique book. Bonao follows the steps of our best and most beloved black-humorist, fantasist and satirist."
-Life

La cita con el brujo de mi hermana era a las 4. Llegamos al pequeño Haití a las 2. Mi hermana quería que yo probara la comida de Chez Bebe, el mejor restaurant haitiano según Zagat. La botánica quedaba justo en frente. Siguiendo la sugerencia de la camarera pedí Legum. Pruébalo.

La botánica. Oscura. Piso de tierra. Fotos de santos católicos que gracias a algún detalle en la vestimenta o el fondo eran escogidos para representar a divinidades de la santería esclava. Así fueron evengelizados los esclavos. Cuando adoraban frente a los amos a San Francisco de Asís, en verdad rendían tributo a Samedi, el Barón del Cementerio. El olor a yerbas-especias era una neblina. Bolitas de barro con olor a chocolate se vendían a 1 dólar, un caramelo nostálgico que les hacía recordar los tiempos de hambre en la devastada Haití. Pasamos a una habitación trasera a través de un pasillo con paredes de tierra que daba la impresión de una catacumba, hacia abajo, con cada paso la temperatura era más fría. La habitación era húmeda, con mucho de pozo. Dos velas del tamaño de un hombre alumbraban la penumbra. Sentado sobre una alfombra multicolor estaba el brujo, a su lado un ser de cuatro patas que resultó ser un chivo negro.

"Siéntese, y no tenga miedo, este es mi ayudante, Conejo", me dijo el brujo en un perfecto español que no me sorprendió: Todos los haitianos, contrario a los dominicanos que no hablamos creole, hablan español. Tampoco me sorprendió lo del chivo, si no lo hubiese tenido mi fe en él no iba a ser muy grande. Antes de ir a Miami investigué sobre la brujería y el libro "Hablemos de Brujería" dice que los brujos más poderosos siempre tienen de ayudante a algún animal con el nombre de otro animal, es decir, un gato llamado mono, un mono llamado puerco, un puerco llamado gato.

"Quiero ponerme en contacto con Kurt Vonnegut", le dije.
"¿Quién?", me preguntó.
"El escritor de estos libros", le dije, y le pasé Breakfast of Champions y Slaughterhouse 5.
"Saque 10 dólares y déselo a Conejo", me dijo tomando los libros, colocándolos debajo de una copa con un líquido rojo que hervía. Le pasé los 10 dólares al chivo y el chivo se los comió, masticando con la boca abierta.
"Ahora deme 100 dólares a mí", me dijo prendiendo un cachimbo. Le pasé los cien dólares y se los metió en el bolsillo de su chacabana amarilla, muy linda por cierto.
El brujo inhaló un polvo blanco que muy bien podía ser cocaína, chupó tres veces el cachimbo, escupió dos veces en el piso y le dijo un secreto al chivo. El chivo se sentó como si fuera un hombre, y, así como Whoopi Goldberg se transformó en Patrick Swayze en la película Ghost, el chivo llamado Conejo se transformó en Kurt Vonnegut, pero sólo la cabeza.
"I love this body, hi ho", fue lo primero que dijo Vonnegut, e inmediatamente supe que era él.

"A mediocre mocking bird imitating the voice of a dead master, Dino Bonao should try and find his own voice. Vonnegut is dead, and it is a shame."
-The New Yorker.

Hippolyte, que así se llama el brujo, me explicó por 500 dólares el rito para ponerme en contacto con Vonnegut desde la tranquilidad de mi sótano en New York (el polvo blanco sí era cocaína). Además iba a ser muy fácil, Vonnegut estaría esperando. Sería imposible transcribir todo lo que hablamos, para eso está el libro, pero me dio un consejo útil para aquellos que, como yo, tantas noches de insomnio, han agarrado, por más de cinco minutos, un frasco de pastillas para dormir.

"I know everything about you,
and you, like every human being,
are a special being.
I know you have thought about suicide,
let me tell you something,
do not do it.
Eternity is like an infinite farm
full of pretty flowers,
strange animals
and peace;
but without Pall Malls,
chocolate
and sex,
it is fucking boring.
And the angels are like music cards,
singing the same song all the time,
very annoying.
Do not rush to come here,
sooner or later,
you will be here.
You are an unwavering band of light,
enjoy Earth and don't be afraid to look ridiculous.
Your soul is a masterpiece."

Así que pasé un mes sin salir de mi casa. Renuncié a mi trabajo con la seguridad del éxito que tendría el libro, sin equivocarme. En una de esas sesiones, Vonnegut dictaba, yo digitaba en mi laptop, tocaron el timbre insistentemente. Abrí la puerta, ahí estaba una figura triste, Favio, el vendedor de ollas.

"Perdón, pero tú me creaste. Estoy cansado de errar por el Bronx, nadie compra estas ollas. Por favor, mátame", me dijo.
"No, no te voy a matar, voy a hacer que te saques el Mega Million, podrás retirarte en una playa de República Dominicana", le dije cerrando la puerta, sintiendo lo que Dios, si pudiera sentir, hubiese sentido cuando acabó con el injusto sufrimiento de Job.

Sé que mis amigos piensan que la fama y el dinero me han hecho alejarme de ellos; también piensan, tal vez con razón, que simplemente me volví loco. Pero imagina a un hombre que ha descubierto lo que yo he descubierto. No tengo tiempo para nada. Vonnegut regó la voz y, todo el tiempo, de día, de noche, como en unos versos de Quevedo, vivo en conversación con los difuntos, y escucho con mis ojos a los muertos. Dedicaré mis años a darle al mundo esas geniales obras nunca escritas debido a la brevedad de la vida del hombre y que, sin duda, serán los nuevos clásicos. Tendrán mi nombre sí, y perdón, mi vergüenza ante esta usurpación me hace no dar entrevistas, esconder mi rostro debajo de un sombrero; pero también tendrán la calidad de Faulkner, de De Quincey, de Rulfo, de O'Brien, de Monterroso, de Poe, de Twain, de Stevenson, de Onetti, de Kafka... Ahora mismo estoy terminando una obra de teatro escrita por Shakespeare y Chejov, "A Place with Snow." Por cierto, Shakespeare sí escribió sus obras, todas.





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