martes, abril 14, 2009

My cousin Eduardo

Mi primo Eduardo me lleva dos años, mi hermano José como 5, creo, la verdad no sé. Siempre iban delante de mí en el colegio y sus notas eran recordadas por los profesores cuando pasaban lista y leían mi nombre y apellido.

Presente 

¿Tú eres familia de Eduardo? 

Primo 

¿Y de José? 

Hermano 

Bueno, esos dos han sido los mejores estudiantes que he tenido, yo espero que le sigas los pasos.

Ese diálogo se repetía cada año, curso tras curso, asignatura tras asignatura. Recuerdo, cómo no recordarlo, que en primero o segundo de primaria la profesora de Matemáticas llamó al de Gramática y a la de Geografía y a la de Moral y Cívica:

“Vengan a ver, ustedes verán como este muchachito resuelve esta división empezando el curso, es primo de Eduardo y hermano de José, esos muchachos llegan al colegio sabiendo.”

Después de este discursito me pasó la tiza que agarré como si fuera un animalito venenoso. En la pizarra los arcanos imposibles de 120 entre 6. Algunos niños me miraban con odio, otros con envidia, otros con algún sentimiento al que todavía no le conocían el nombre; yo empecé a llorar, “No sé profesora, no sé profesora...” Las risas infantiles aumentaron cuando se dieron cuenta que me había orinado en los pantaloncitos cortos. Llamaron a José para que me llevara a la casa burlándose de mí todo el camino. Pasé la semana con fiebre.

¿Por qué no puedes ser como Eduardo? No era que yo era bruto, pasaba mis cursos con muy buenas notas, pero mi conducta evitaba que ganara una de las tres becas que el colegio ofrecía cada año a los tres mejores estudiantes, es decir, a José, a Eduardo, y al bizco de los Pichardo.

¿Quién arrojó un pupitre desde el tercer piso?
¿Quién consiguió unas pinzas e hizo un hoyo en la malla ciclónica del patio para escaparse todos los viernes después del recreo?
¿Quién, para no salir a practicar basketball en el solazo, pinchó todas las bolas?
¿Quién pinchó las cuatro gomas del Datsun de la directora?
¿Quién fue el responsable de que el laboratorio se quemara?
¿Quién se robó las balanzas y los dos microscopios?
Nadie supo, pero yo fui uno de los principales sospechosos durante las investigaciones.

Una última cosita de mi infancia rencorosa. "José, José, José, María es pura, María es buena, todo ha sido obra del Espíritu Santo", eran las palabras a decir por el niño que actuaría la parte del ángel Gabriel en el nacimiento navideño de la iglesia. Yo pensé que iba a ser yo, un papel protagónico con líneas y alas, no una voz perdida en el coro desafinado al que no le exigían ni batas ni sandalias; pero, claro, escogieron a Eduardo.

Cuando terminé el bachillerato renuncié a seguir los pasos primos hacia la Universidad Católica de Santiago, con su obispo rector criador de Rott Wielers siempre pegado con el gobierno de turno; me marché a la capital a buscar trabajo, a vivir en una pensión de la calle El Conde, a estudiar en la UASD, la universidad del pueblo, la universidad de los pobres, la universidad de los quemagomas, la universidad de los que no quieren aceptar el concondiciones dinero familiar. Con esa decisión perdí chin a chin a mi familia; sólo iba a Bonao para eventos especiales como bodas y velorios. Eduardo iba a Santiago todas las tardes y regresaba a cenar a su casa; en uno de esos regresos llevó a una santiaguera muy bonita y muy inestable con la que se casó desde que terminó la carrera. ¿Debo decir que se graduó SUMMA CUM LAUDE? Yo también.

Una de las tantas primas se casaba con uno de los tantos Cáceres, yo tenía vacaciones del trabajo y como no tenía dinero para irme a la playa, como quería, decidí pasarme las dos semanas en Bonao y conformarme con una piscina asquerosa y la plebería del Río Yuna. En ese tiempo intimé con la esposa de Eduardo. Pasábamos las tardes en la piscina del club bebiendo vinos caros a costillas de él, muertos de la risa. Es mejor decirlo de una vez, metidos en el agua, rodeados de gente, nos tocábamos con los pies. La noche de la boda me agarró de la mano hacia el jardín, hacia las palmeras africanas. Me besó, “¿Quieres veime las tetas?”; me besó de nuevo, “¿Quieres agarraime ei toto?” Por unos minutos nos comportamos como lo que éramos: ella como una mujer enferma, borracha, yo como un hijo de la gran puta sin moral lleno de envidia y resentimiento. Ella me empujó con un grito y empezó a arreglarse el vestido. Por sus ojos supe que Eduardo estaba detrás de mí, empecé a caminar hacia los invitados con la bragueta abierta y él llamándome varios pasos atrás. Mi hermano vio la escena, sumó dos más dos y detuvo a Eduardo, “Primo yo quiero bebeme un trago con uté.” Yo salí de la casa sin mirar para atrás, prefería recibir un balazo en la espalda antes de mirarlo a los ojos. Mi hermano me encontró frente a la iglesia de San Antonio, “Sube”, me dijo. Entré al carro, mi hermano frenó frente al cementerio y me golpeó en la cara con la mano abierta, con ese golpe reservado para los cobardes.

Eduardo se separó de su esposa poco tiempo después; ella regresó a Santiago y se suicidó el mismo día que recibió los papeles del divorcio. Supe que en el entierro Eduardo dio un mini show abrazando el ataúd gritando incoherencias, llorando en lengua... Ay Dios mío.





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