viernes, abril 24, 2009

this AND that

Claudia encontró el bulto debajo de una mesa. Sin hacerle caso a eso de "If you see a suspicious package..." se lo llevó para el baño; lo abrió descubriendo muchísimo dinero y paquetes de lo que estaba casi segura era cocaína. Sin pensarlo dos veces tomó todo el efectivo y un paquete de la cosa blanca, para mí, y los metió en su carterota. Se despidió del Gerente y de la esposa como siempre lo hacía al final de sus horas de mesera, nos vemos mañana. Lo único que hizo diferente fue tomar un taxi en lugar de caminar hacia el Subway a esperar el tren 5.

Eso pasó como a las 3 de la mañana. En el restaurant sólo quedaban el Gerente, su esposa, y dos ecuatorianos taxistas que vivían arriba y siempre se bebían un par de Coronas en lo que cerraban.

Claudia no se dirigió a su casa, me llamó por teléfono y me dijo que necesitaba verme pero ya. Yo, cuándo no, pensé que era una booty call, esas llamadas madrugadoras donde sólo se busca sexo; ella y yo manteníamos una de esas relaciones newyorkinas donde se singa, se habla, se duerme, se quiere y no se cela. No es tan leve como a lo que un vivo bautizó como Dating; nosotros de verdad nos queremos. Pero algo nos decía que si lo volvíamos oficial dándonos títulos de Novios o Marío y Mujer, la cosa se acabaría. Eso sí, estoy seguro de que cada vez que en nuestros encuentros nos quedábamos callados, los dos temíamos, ansiábamos, que el otro empezara una conversación con eso de "¿Y qué es lo que tú y yo somos?"

Claudia no me dio un besito de Hola y siguió derechito para la habitación. La seguí mirándole el culo parándoseme el güevo. Cerró la puerta tras de mí, mi roommate es dominicano y, claro, imprudente. Vació la cartera en mi cama, los fajos de billetes de cien dólares y el paquete, del tamaño de un puño del Hombre Increíble, pero blanco, opacaron la minucia de pintalabios, cremas, llaves y chiclets. En ese mismo momento le sonó el celular. Era Rodrigo, el Gerente del restaurant. Ella miró el Motorola como si lo viera por primera vez, con miedo, asombrada de que pudiera hacer ese sonido. Sonó otra vez, sonó muchas veces, y dejaron tres mensajes que Claudia borró sin escucharlos.

Claudia, contrario a lo que muchos pudieran pensar, no es bruta, far from it. Una persona con su sentido del humor, con su sarcasmo, debe tener un IQ muy alto. Si algo se le puede criticar es su dejadez, esa apatía de esperar a que las cosas se resuelvan por ellas mismas, y, ya se sabe, las cosas cuando se dejan de su cuenta siempre terminan mal. Además de su humor, de su cuerpazo tan duro, me gusta su pelo, rizo, que no se desriza ni se lo tiñe de rojo o amarillo pollito. La estructura ósea de su cara es perfecta y sus ojos chiquitos le dan un aspecto de maldad que me calienta la sangre. Nos gustaba tomar una guagua, cuando teníamos días libres seguidos, sin fijarnos en el destino. Llegábamos a la última parada y alquilábamos una habitación de hotel sin importarnos el nombre del pueblo. La primera vez pensábamos ir a Filadelfia, a visitar a una amiga de colegio que la encontró gracias a Facebook. En la parada de Chinatown, igualita a la Duarte con París, los buscones de pasajeros atosigaban a uno en chino y sin darnos cuenta nos subimos a una que iba para Washington. Allá nos quedamos trancados un fin de semana entero y ni siquiera visitamos la Casa Blanca. El último día caminamos un poco; en un parquesito, debajo de la estatua de un irlandés que luchó en la revolución gringa, nos hicimos amigos de unos vagabundos que hablaban un inglés perfecto, antes de Bush habían sido guías turísticos.

"Debiste llamarme antes de irte del restaurant", le dije.

Tomé un bulto, metí par de jeans, par de camisas y cogí mi laptop. Antes de eso, y gracias a No Country for Old Men, revisé los fajos uno por uno, buscaba algún dispositivo electrónico que revelara dónde diablos estábamos. No encontré nada. "Aquí no nos podemos quedar", le dije. "Ay Dios, Benito", me dijo. Benito era su gato. Ya ella sabía que no podía acercarse por su apartamento. También sabía, imagino, que en poco tiempo su celular iba a sonar varias veces con el número de la hermana de padre, que vivía en Queens y cuya dirección Rodrigo conocía por haber ido a un barbecue el verano pasado, y que tendría que tomar la terrible decisión de si borrar los mensajes sin escucharlos o sufrir la agonía en esa voz querida.

Nos conocimos cuando yo trabajaba de bartender en Montezuma y ella era mesera. Si, Montezuma, el mellizo malvado de Moctezuma. Es un bar en el Bronx, por Kingsbridge, donde para entrar te revisan veinte veces, pistolas, a cada rato hay karaoke, y niños de 10 años acompañan a adultos en canciones de Sophie a las 2 de la mañana de un martes, recibiendo ovaciones de minutos, tan lindos. Una noche nos fuimos juntos. Ella me jura que nadie sabe de mí, cosa que, muy adentro, me molesta. Ella dice que yo soy la parte dulce y buena de su vida que siente sólo de ella, que no quiere compartirme con nadie. No decimos que es amor, somos hijos de una época práctica; ella tiene sus agarres y yo tengo los míos, pero nos respetamos y no alardeamos de conquistas fáciles. Don't ask, don't tell. Ahora bien, cuando estamos juntos somos felices. No sólo es el sexo, es que de verdad nos confortamos. Vemos películas en blanco y negro, nos emborrachamos, bailamos, leemos a dos voces cuentos de Raymond Carver, actuamos como si nos acabáramos de conocer, nos contamos secretos y anhelos, soñamos despiertos con sacarnos el Mega Million e irnos a vivir a una playa de nuestra querida isla. Creamos un mundo para nosotros y cuando salimos a la calle tenemos que volver a adaptarnos al mundo allá afuera. Guardamos en la memoria cosas interesantes para contárnoslas cuando nos veamos de nuevo. Somos sinceros el uno con el otro y, sobre todo, nos ayudábamos a vivir en esa ciudad tan grande. Si eso no es amor, yo no sé qué coño es.

Estamos en un hotel en las afueras de Delaware. La luz de este sol de final de invierno es pálida y choca contra una pared pálida donde hay un cuadro de un velero blanco en un mar que no es azul. En la habitación hay una limpieza de hospital, pero estoy seguro que si alguien apagara la luz de la lámpara y encendiera una luz ultravioleta revelaría manchas de semen, orín y hasta sangre. Tal vez si buscamos bien debajo de la cama es muy posible que aparezca una lengua. En la madrugada, cuando estamos intoxicados, el peligro está lejos, es mínimo, y hacemos planes de irnos a Cuba y abrir un hotel en la playa. En el New York Post salió la noticia de los asesinatos. La policía dice que busca a una mujer, se reservan el nombre, para interrogarla. Claudia se rapó a caco y se compró una peluca; con esta luz, en este silencio, con la nueva palidez que crece día a día en su hermosa cara, parece una enferma de cáncer que se resigna a sufrir su sesión diaria de quimioterapia.





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