viernes, abril 03, 2009

Tic Tac

El sábado por la mañana voy a una relojería en Plaza Central. Después de diez años el reloj, como buen suizo, se paró. Pensé en la pila, tarde o temprano debía gastarse. 

En Plaza Central un molote. Criaturas que trabajan de lunes a viernes para el fin de semana pasarlo en plazas y supermercados. Allí viven. El hombre camina delante de la mujer sin abrirle las puertas. La mujer cela al hombre con ombligos en barrigas sin estrías. Los niños corren con el anhelo de perderse. Al final del día tratan de acarrear un poco de esperanza y fe en fundas plásticas de Los Muchachos y El Corte Fiel. 

El relojero elogió el reloj. Un modelo único, dijo. En cinco minutos buscó pinzas, cambió pila y lo lustró por dentro y por fuera, eso de gratis. El reloj estaba nuevo. A la realidad le gustan las simetrías, escribió Borges, le gustan las coincidencias. En la escalera mecánica, la mujer que me regaló el reloj. 

—Muchacho. 
—Muchacha. 

Casi diez años sin verla. Los matrimonios esconden la juventud. Olvidan los bares. Cenan con otras parejas. Las borracheras toman lugar al lado del barbecue, entre hamburgers y salchichas. 

—Estoy en proceso de divorcio, de mutuo acuerdo. 

Tiene hijos, unas fotos en la cartera y la vasta cadera eran pruebas irrefutables. Yo no tenía mucho que contar. Un intento de matrimonio frustrado por una prueba de embarazo negativa. La última novia se fue a Europa, Barcelona decía un email de un año y siete meses. 

Nos sentamos en Pizza Hut. La algarabía de los palomos jugando Mortal Kombat en las máquinas de Fun Town nos hacía hablar a gritos. Nos ganó el pasado. Ella se aferró a mi brazo. Paseamos las tiendas. Me compró una camisa roja muy fea que no voy a usar. Le compré unos zapatos rojos de tacón alto, a todas luces apretados. La vendedora no paraba de decir su esposa se ve muy chic su esposa es muy elegante y otros disparates. Ella insinuó posar desnuda con ellos, la imagen no me excitó ni un chin chin. En la tarde nos sentamos en Alí Babá. Tú tienes que probar estos quipes, me dijo. Con tres cervezas estaba realmente contenta. Tuve la impresión de que no había reído en una década. 

—Ahora recuerdo porque me emperré contigo. 

Yo, la verdad, recordaba a otra muchacha. En esos años ella pudo haber sido una musa de Brodsky: Escribía poemas, conmigo ensayaba ser Julieta, afinaba su voz con Bjorg. Ahora, a juzgar por su conversación, se había vuelto bastante idiota. Tenía la mala costumbre de toparme cada vez que empezaba una palabra, si yo miraba para otro lado tomaba mi cara entre sus manos para total atención. Irritante. Pero algo pasó. Un gesto, tal vez el verde de sus ojos todavía verdes, me hizo ver a la muchacha que una tarde, mientras se caía el cielo, tuvo las ganas y el coraje de ir conmigo a un motel en un taxi. 

No teníamos carros. Madre todavía vivía. Ella llegó con la esperanza de encontrarme solo. Madre estaba en uno de esos días en que le era imposible no ofrecer a cada minuto un jugo de cerezas acabado de hacer, un dulce de cerezas acabado de hacer, o simplemente sentarse entre los dos a comentar las noticias trágicas de la television. La menopausia la hacía moverse de aquí para allá como un colibrí. Pobrecita. 

—Tengo una gana de singá grandísima… 
—Vamo a un motel. 
—¿Y cómo? 
—En taxi. 

Abrió los ojos. La idea le era repugnante. Los moteles son cultivos de pestes. Además, permitía a otros participar de nuestra intimidad, y ya se sabe, todos los dominicanos somos primos, frescos, bullosos, imprudentes, groseros, metiches y chismosos. Imaginó ojos al acecho, lenguas corresponsales de Radio Bemba, una ciudad de taxistas que señalan y juzgan en cada esquina, en cada radio operador. Tal vez pensó, yo sí, que con el novio que dejó esto no habría pasado: Carro y casa en la playa. 

El aguacero anegaba la tarde. El cielo estaba negro a las 3. Madre me gritó para que la ayudara a cubrir las ventanas con toallas y sábanas. La lluvia se colaba por los intersticios en las celosías. Regresé junto a ella, estaba decidida. Se puso un pañuelo y gafas a lo Greta Garbo de incógnita. Hermosa. Madre nos despidió en la puerta del taxi con ustedes están locos salir en este aguacero. El taxista era joven. Me acerqué y le susurré nuestro destino. Ella se escudó bajo mi omóplato derecho.

—¿A LAS CABAÑAS PRESIDENTE DEL MALECÓN? ¡JUM! OJALÁ NO ETÉN FULL CON ETE AGUACERO…

La sentí desaparecer detrás de mí, me apretaba el brazo con las dos manos. La abracé y le dije te quiero mucho mi amor. Nos dedicamos a mirar las calles como si navegáramos en una canoa. No se veía el asfalto, la ciudad era del color del lodo. No abrimos la boca con la esperanza de contagiar el silencio al hombre que hablaba hasta por los codos. Imposible. De vez en cuando giraba la cabeza esperando respuestas a insolencias no escuchadas. El mar estaba sucio. Las olas carecían de espuma. 

La predicción del Nostradamus del volante fue cierta. Los carros hacían filas al lado de las puertas con semáforos en rojo. Muchos lo hacían mientras esperaban. Chinos con impermeables amarillos, detergentes en una mano y toallas y sábanas en la otra, hormigueaban por todas partes. 

—MÍRALO AHÍ, SE LO DIJE, EN ETE PAÍ DEDE QUE CAEN DO GOTA DE AGUA LA GENTE NADA MÁ PIENSA EN 
—Amigo, cállese la boca y cruce al Tía Tania. 
—¿AL TÍA TANIA? BUENO, NO E TAN BUENO COMO ETE, VAMO A VER SI HAY SUERTE… 

Al cruzar la George Washington los camiones aterraban. Más de una vez tuve que advertirle de un Mack de Haina cargado de gasoil, estrépito y temeridad. En la segunda hilera apareció el oasis de un bungalow en verde. 

—¿CABALLO, EN CUÁNTO TIEMPO TÚ RESUELVE ETO? ¿VUELVO EN UNA HORA O DO?
—No, no vuelva— le contesté escupiendo hacia las gomas del carro.

Tiramos la ropa al piso. Tocaron la ventanita para cobrar, y por cuatro horas, sin música, sin pornografía de 52 pulgadas, sin protección, sin mañana, fuimos uno como sólo se puede ser en la primera juventud. A las cuatro horas nos interrumpió una voz en chino en el intercom: 

—VELDUGO, SI VA A SEGUIL TIENE QUE PAGAL OTLA VE… 

Pagamos otra vez. Ella brincó y brincó y brincó y brincó y brincó en la cama como trampolín. 

—Sí. Sí. Sí. Sí. Sí… 

Otras cuatro horas pasaron. Eran casi las once. Afuera la lluvia, adentro nosotros. No nos bañamos. Ella dijo yo quiero dormir con tu olor. Yo no me bañé por asco. Por nada del mundo pisaba esa tina descalzo. 

El taxi del regreso era un Chevrolet viejo, un viejo conducía. No habló una palabra, subió el volumen de la radio y escuchamos los boleros de Tito Rodríguez, La Lupe, Javier Solís, Felipe Pirela y otros en Cien Canciones y Un Millón de Recuerdos. 


Picture by Sahira Fontana





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