sábado, octubre 03, 2009

Southern Comfort

Una desgracia es lo único que une bajo un mismo techo a las familias separadas por grandes distancias. Desde que el corazón de Papá decidió dejar de hacer su trabajo, y su ejemplo seguido por los riñones, el hígado y otras vísceras menores, varias aerolíneas fueron contactadas por teléfono, por Internet, desde Tennesse, Tampa, Ottawa, Albuquerque, procurando pasajes de ida y vuelta a Nueva York. Los precios de último minuto aumentaron aún más el dolor de los afligidos.

Yo mismo tenía más de seis años en Ottawa sin regresar a Manhattan, es decir, sin ver a mis padres. Cada hermano decidió meterse en un hoyo difícil de encontrar hasta en un mapa, lejos de la demencia paterna. Llamo a Mamá cada vez que puedo, y en los últimos tres meses he estado enviándoles dinero. Cosa rara, Mamá siempre ha sido muy frugal con los gastos, hasta hace poco los cheques del Seguro Social, con la ventaja de vivir en un apartamento que compramos entre todos los hermanos y los gastos médicos cubiertos por Medicaid y United Health Care, eran más que suficiente. Si hasta enviaba dinero a tío Lorenzo que se lo está llevando el Diablo allá en Bonao.

A pesar de que la voluntad de Papá era ser enterrado en Bonao, decidimos que allá no quedaba nadie para ir a visitarlo, limpiar la yerba en la tumba, llevarle flores el día de los muertos, es decir, se coge demasiado lucha bregando con un cadáver en un avión. En el entierro vi poca gente llorando. Parece que la edad seca las lágrimas. Cuánto hemos envejecido todos, todos. Hasta esa mañana no había notado las canas en mi barba. Al principio creía que era espuma de pasta de diente, después de mucha agua me vi en el espejo tal cual era, no como la imagen en mi mente.

En el apartamento se armó una discusión sobre quién había llevado el mejor pollo frito. Tía Divina alegaba que el de ella no tenía comparaciones. No era un congelado pollo de cuatro muslos y tres pechugas de un Walgreens, de un Pathmark, de un Costco. Ella misma lo había escogido vivo en el vivero El Cibaeño. Un lugar apestoso a una esquina de su casa donde los animales desean la eutanasia del cuchillo. A pesar de compartir la opinión de Steinbeck sobre los pavos, animales brutos, histéricos y vanos, a cualquiera se le rompe el corazón viéndolos en jaulas pequeñitas, bajo un intenso calor, bajo un intenso frío, hinchando sus pechugas ante los clientes rezándole a San Francisco de Asís para que adelante el Thanksgiving de Noviembre a Agosto. Varias ovejas de caras negras, cantan a coro, "Weee aaarrreee vveeerrryy ttaassssttty." A los pollos se les saca Visa gringa para traerlos desde República Dominicana a Nueva York y todas las mañanas son despertados con el himno nacional dominicano para que el sabor sea más patrio.

Sonó el timbre. Mamá se paró como si tuviera resortes en las piernas varicosas. Entró un hombre de, no sé, ¿60 años?, bigotes negros, teñidos, perfume Drakkar, pantalones blancos con filos de lavandería, zapatos blancos, dos maletas. Inmediatamente lo aborrecí, tal vez por el peluquín. Hay algo sórdido en los hombres que quieren esconder la calvicie con algo tan poco discreto como un peluquín o un trasplante. Es como si ellos mismos decidieran confesarle al mundo que son unos falsos. Especialmente cuando han pasado una edad donde la vanidad no es perdonable. Porque coñazo, ya usted ha vivido más de seis décadas en este planeta, ¿no es tiempo suficiente para abandonar la superficialidad, para dejar de ser un maldito leve? Ladies and Gentlemen, el Profesor Polonius.

Estoy con ustedes en su dolor, dijo, haciendo una señal en el aire muy parecida al símbolo del infinito. Se sentó al lado de Mamá. Noté, cómo no notarlo, que Mamá lo miraba embelezada. Debe ser su amante, pensé, tratando de no condenar su mal gusto, comprendiendo que una vieja no tiene muchas opciones para encontrar a un hombre dispuesto a decirle palabritas bonitas, aunque sean mentiras. Papá acababa de morir, pero Mamá ha estado sola por muchos años. La soledad es peor que la amputación de un brazo o una pierna. No hay prótesis para atenuarla.

Juan estaba muy mal, despertaba de madrugada gri
Stop, dijo el profesor Polonius, y Mamá, como una autómata, como un aparato electrónico al que le han presionado un botón, dejó de hablar. Sé que mucha gente quisieran tener el poder de callar a un ser querido con una palabra, pero que un fucking carajo tenga ese poder sobre tu Mamá...
What the fuck?, exclamé, asombrándome con la indiferencia del resto de la familia. Y cómo soy un hombre que ha pasado los 40, no bullshit allowed, empecé mi interrogatorio.
¿Y ese nombre Polonius? Porque usted obviamente es latino, le pregunté, conteniendo las ganas de escupirlo.
El hombre debe nacer, vivir y morir en libertad, muy bien puede elegir el nombre que quiera, dijo, mirando a todos menos a mí.
¿De dónde es usted?
Soy un ciudadano del mundo, soy de todas partes.
¿Y de qué es profesor?
Soy profesor de almas, enseño a los seres humanos a vivir en armonía con el todo, con el todo que los rodea, soy un guía espiritual que lleva comfort a los corazones afligidos.

Dame un ladrón que te pone una pistola en la cabeza y lo soporto, es posible que hasta lo entienda; pero estos charlatanes que viven del diezmo, de las donaciones, me enferman. Estos "elegidos", no se sabe por quién, estos enviados de la Providencia, no son más que unos malditos vagos que han descubierto que recitar un grupo de clichés con voz engolada a un grupo de imbéciles es mucho mejor, y mejor remunerado, que fajarse a trabajar como el resto de los mortales. ¿Cuándo fue la última vez que alguien vio al Dalai Lama sudando en cualquiera de sus reencarnaciones? El mundo es un desastre, el Tibet es un prisionero. ¿Dónde están los milagros? La Madre Teresa siempre estaba rodeada de muertos de hambre, en la mano una pomada para untarla en las llagas de Calcuta. Esa era una santa.

La razón de la indiferencia ante el power del profesor Polonius sobre la Madre, lo supe después, era que todos sabían sobre él; yo era el único que ignoraba la relación entre esta gallina vieja y este guaraguao con peluquín. Me sentí mal, pero no asombrado. Desde siempre mis hermanos me han tratado como a alguien en la carretera al que se le ha dado una bola en el vehículo familiar; alguien que comparte el viaje pero no la risa íntima, no los secretos fraternos. Tal vez también escuchaban cuando Papá, borracho, le reclamaba a Mamá que yo no era su hijo.

Mis hermanas habían conocido al profesor Polonius en Navidad y, siendo las burras que son, cayeron víctimas del encanto de este Coelho especializado en viudas. Mi hermano sabía de él, y aunque no lo creía un hombre extraordinario, apoyaba la relación por razones totalmente egoístas, prácticas. ¿Quién se iba a quedar con Mamá? De hecho, alguien debería haber estado con ella acompañándola, ayudándola a bregar con Papá y su demencia. Nadie quería vivir con ella, ni en Nueva York ni en ninguna parte, y ahora con la aparición del profesor Polonius ese problema estaba resuelto. ¿Qué importaba si el tipo era un farsante? De una forma u otra todos lo somos. ¿Qué importaba si el tipo vivía del cheque del Seguro Social de Mamá y de alguna limosna enviada por los hijos? ¿Qué importaba si no pagaba renta en este apartamento tan grande? Por lo menos habría alguien para llamar al 911 si a Mamá le daba un patatú en la madrugada. Por lo menos la culpa de no venir a visitarla no arruinaría el sabor del pavo en Noviembre, del cerdo en Diciembre; la imagen de la Madre abandonada no oscurecería por unos segundos el sol de la playa durante las vacaciones del verano.

Dime, ¿te vas a quedar tú con Mamá? ¿Te la vas a llevar para Ottawa a vivir contigo y Claudia?, me preguntó mi hermano, con la misma entonación que usaría alguien que te ofrece un viejo sofá-cama al que el sentido común aconseja mejor botarlo que tapizarlo. Yo bajé la cabeza, no le dije que había dejado a Claudia, encontré en su iPod varias canciones de Ricardo Arjona. El mamañema de mi hermano abrió la puerta, voceó hacia la sala, Profesor Polonius, venga a beberse una cerveza con nosotros aquí en la cocina.

Y si la gente puede divorciarse de un cónyuge al que se ha dejado de amar, ¿por qué no puedo yo divorciarme de mi familia? Salir por esa puerta, tomar un avión en La Guardia hacia Memphis, visitar Graceland; subirme en una guagua hacia Chattanooga. Allí buscarme una white trash con cara de batata, gorda, que me dé golpes todas las noches; vivir con ella en un trailer izando orgulloso la bandera confederada mientras toco en un banjo and I'm proud to be an American, where at least I know I'm free; descubrir la felicidad simple de cultivar un jardín de mufflers, mullets y escopetas. Ser mordido por una serpiente moccasin.

Como imaginé, esa noche no pude dormir. Desperté en la madrugada. Papá estaba sentado en la cama, mirándome. Y si sus ojos me pedían que lo perdonara, también exigían que le pidiera perdón.


Picture by Seth Anderson.





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