miércoles, noviembre 11, 2009

I love my Mother

Para Ana E V.

Para alguien que, como el tío Oswald de Roald Dahl, sufra de OCD visitar un hospital es una divertida actividad tal vez comparable a darse un tiro en un pie. De hecho, si se pudiera elegir, el tiro ganaría de calle. Por eso muchas veces los amigos operados de apendicitis u otras nimiedades catalogan a uno de hijo de la gran puta al que no le importa nadie porque aunque se llamó mil veces no se puso el pie en ese paraíso-cementerio de gérmenes llamado Hospital o Clínica.

Pero como la vida es una anaconda engulliéndote chin a chin, y uno no tiene una pistola, y la paciente a visitar no es otra que la querida Madre aquejada de dolor de espalda, diagnóstico hiena, digo, hernia con posibilidad de cirugía, hoy me levanto temprano para subirme en el tren 5 hasta Union Square transfer al N cruzando el Brooklyn Bridge en el mismo momento que sale el sol bajándome en la 59 con 4 Ave. This is Bay Ridge.

Desde la parada del tren hasta el Lutheran Medical Center, qué grande te has dado Lutero, es una caminata de 7 minutos que mi esperanza vana de recibir una llamada informándome que mi querida Madre ha sido dada de alta recorre en 25. Al llegar a la entrada, llamo a mi hermano para comprobar. No luck, ella está en el cuarto piso, habitación 4224. Palíndromo.

Respiro hondo mirando el hospital. Me quedo un ratico palomiando afuera esperando una bomba atómica, o que al menos el policía le dé un macanazo, o use el taser, al carajo con bastón que parqueó su Prius muy cerca de un hidrante, frente a la entrada de las ambulancias y que además, tal vez amparado por su dudosa minusvalidez, lo llamó Motherfucker. Pero no, no hay abusos para el New York Post. El tipo se calma, se sube en su Prius saving the earth one gallon at a time, and we will never meet again.

Por suerte la puerta del hospital es automática, abre sin yo tocarla. Voy a Información, con cuidado de no acercarme mucho al mostrador, para que me digan cómo encontrar la 4224 aunque estoy seguro que comoquiera me voy a perder y que tendré que volver a preguntar varias veces a alguna enfermera o camillero. Estos diseños de estas plantas de estos hospitales, que ocupan cuatro esquinas donde todas las habitaciones son iguales y mil combinaciones de números no ayudan al errante, hacen que se pierda el mismo De Soto, que, ya se sabe, descubrió el Mississippi. La mujer frente a la computadora debe tener como 103 años, sus ojos con lagañas no me dejan entender lo que dice.

Entro al ascensor. Me pego a una esquina. Entra una enfermera. Una voz dice, Hold the elevator. Y mi temor se hace realidad. Lo primero que veo son los pies blancos muy blancos del cuerpo que está en la camilla que meten en el ascensor. Miro el techo, no quiero ver esa cara de sufrimiento que podría adornar mis próximas pesadillas. Ruego a todos los dioses que envíen un meteorito que destruya el planeta en este mismo momento. Como no sucede, uso el truco de desenfocar la visión como si estuviera viendo un cuadro 3D, it's a spaceship. Lo logro, y mis ojos sólo ven sombras verdes, amarillas y rojas. Dejo de respirar.

Después de modernizar el mito de Moisés recorriendo por cuarenta años el cuarto piso, diviso la boina marrón de mi hermano. José habla con un doctor de turbante rojo, a benignant and turbaned turk. En la 4224 Mamá en la cama tiene una de esas batas abiertas en la espalda, con los brazos de par en par muestra sus venas heridas por las agujas, rodeada de aparatos electrónicos que repiten beep beep beep. Me arrojo a su cuello y empiezo a llorar. Ya ya ya, dice ella pasándome la mano por los cabellos en la nuca, como cuando iba a arroparme en las madrugadas de tormenta y me consolaba porque los truenos me daban mucho miedo.





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