sábado, febrero 13, 2010

Paperboy

Cuando leí el mail donde me invitaban a la Conferencia-Entrenamiento Nacional de Ventas pensé en un error. Apenas tenía tres meses en la compañía y por las caras de asombro del Gerente y mis compañeros esclavos asumí que era un honor muy grande y que ninguno de ellos había sido invitado antes.

Es un evento anual de 5 días, usualmente en una ciudad que uno no visitaría, a menos que quiera suicidarse lejos de familiares y conocidos, donde van los mejores vendedores a nivel nacional a escuchar a los mejores vendedores de hace veinte años, y que ahora brindan sus conocimientos, sus experiencias a aquellos que en un futuro harán lo mismo cumpliendo con el ciclo sagrado de una vida no alarms and no surprises para humanos con un impecable reporte de crédito por pagar a tiempo una hipoteca.

El Gerente llamó para confirmar. No, no mistake. Quedaba un lugar y la VP del área me eligió por mi encantadora sonrisa con hoyitos en las mejillas y mi charming personalidad de los viernes, además de que yo hablo cuatro idiomas cree ella porque me escuchó cantando "Mosa de cuerpo dorado del sol de Ipanema que se ha levantau como ete poema la cosha má linda que yo vi pashar", y una tarde, moviendo mucho las manos, le dije a una viejita italiana, a la que nadie entendía porque no estaba hablando ningún idioma terrestre, "Prosima vei traere identificacione questa evitare piccolo equivoci senza importanza"; además que rompí el record para conseguir las licencias de broker de la ciudad; además ella es irlandesa y la noche que todo el distrito se juntó a celebrar el cumplimiento de la meta del cuatrimestre hablamos muchísimo, gozó muchísimo cuando le recité "When life looks black as the hour of night, a pint of plain is your only man", y me dio una bola a mi casa a las 3 de la mañana; creo que mi sótano sin muebles despertó en ella ese instinto maternal que hace a las mujeres vestidas de fiesta meter las manos en un tanque de basura para recoger un gatico con sarna.

Después del orgullo, del gozo puro de la vanidad, del reconocimiento, llega el significado verdadero de lo que es pasar cinco días con sus noches en alguna ciudad cercana al lugar donde nació Bush, escuchando a unos tipos hablando de sus vivencias como vendedores, con algunos acentos en Power Point. No sólo eso, dos viajes en avión, bregar con aeropuertos. No sólo eso, una hermosa mujer que nunca he visto desnuda quería visitar Nueva York precisamente esa semana. Ah fuck, cuánto me gustaría tener la gripe del cerdo, pensé antes de subirme al taxi que me llevaría al Kennedy.

El hotel quedaba en el centro, o eso me pareció. De una vez supe que mis prejuicios no me iban a dejar disfrutar la ciudad. Me sentí más enano de la cuenta entre edificios colosales, calles robustas, sombreros de vaquero que no podían ocultar la obesidad de unos humanos que todavía juran y perjuran que a Kennedy lo mató un loco viejo desde una ventana que hoy en día representa el único lugar cultural de la zona, si no contamos los bares inmensos dedicados a la fritura de vacas enteras y al Air Hockey.

¿Para qué hablar de los cursillos de ventas impartidos por hombres elocuentes que si hubiesen nacido en otra época hubiesen sido líderes de los Black Panthers o del Klu Klux Klan; de las ceremonias de premios donde los premiados parecían poseídos por un espíritu hitleriano adicto al Red Bull y con los mismos deseos de invadir a Polonia? Mejor hablaré de una noche en el bar del hotel. Las dos de la madrugada. Todos los vendedores durmiendo. Apenas yo, un hombre de ojos azules y varias mujeres con peinados llenos de orquetillas de los 80, tristes, le hacíamos compañía al bartender que miraba el Superbowl entre los Giants y los Patriots. Sonaba Conway Twitty o Kenny Rogers.

Hi, I'm Jake, me dijo.
Hi, I am Juan.
Nice name, me dijo, y le agradecí que no hiciera un chistecito de Juan, Two, Three, o Juan on Juan, o A million to Juan. Are you a salesman?
Well, you can say I am, le dije.
I was in sales once, when I was 12, a paperboy down in Amarillo.

El hombre de ojos azules, sin quitarle la vista a su vaso de bourbon, me dijo que de niño todos los días se levantaba a las 3 de la mañana a buscar los periódicos, y los entregaba casa por casa, hasta las 7 y media de la mañana, y de ahí para la escuela. Todos los días, todas las estaciones. Y los días de cobro, en la tarde, casa por casa con un sobre con la cuenta, usualmente unos pocos dólares. Pero uno de sus clientes empezó a dejar de pagar, 13 semanas. Please don't cut me off, le decía, I'm gonna pay you. Y el niño creía. Pero un día vio un camión de mudanza en la casa del hombre, y varios hombres sacando muebles. Entró, preguntó, y habló con el jefe de los mudadores. Este se indignó y llamó al malapaga. Entre palabras que no entendí entendí que entre el jefe de los mudadores y el malapaga se armó una discusión, You have to pay, I already paid, If you don't pay this kid right now I'm gonna beat the shit out of you, amenazó el jefe de los mudadores y cumplió su palabra. Pelearon hasta que el malapaga fue estrangulado por las manazas del jefe de los mudadores.

So, that was my experience in sales, me dijo el hombre de ojos azules, a man died and another one went to jail for Life. Y yo, all of a sudden, me sentí tan lejos de mi querido Nueva York.





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