viernes, abril 02, 2010

Citizens Cane

Un recién llegado, caminando por estas feas calles de este feo Bronx, podría pensar que aquí hay una epidemia de cojera. En cada esquina alguien se apoya en un carrito sabiamente diseñado para llevar fundas plásticas y para sostener al que lo empuja, gente en muletas, sillas de ruedas, scooters, y muchos hombres con bastones.

Yo, ávido estudiante autodidacta de Sociología, he observado que los hombres, contradiciendo la edad que según Edipo, en su legendaria respuesta refutada por De Quincey al enigma de la Esfinge, debe tener el hombre cuando usa bastón, son jóvenes, usualmente latinos. Al principio, como conozco a mi gente, pensé en accidentes en la madrugada, caídas aparatosas por escalones oscuros, resbalones en la nieve, debido a la intoxicación, entiéndase nota loca o borrachera ciega, of course. También pensé que muchos usaban bastones por afectación, por moda, como yo uso sombrero. Pero no, no es eso, no hacen malabares ni le dan vueltas a los bastones cada tres pasos como en una película de Gene Kelly o Fred Astaire; no, los usan para, a veces, cuando se acuerdan, apoyarse en ellos y cojear dos pasos con un pie, dos pasos con el otro.

Así es que dejando de lado a los infelices en sillas de ruedas, a los amputados con muletas gracias a la diabetes o cualquier otra tragedia, a los viejitos malhumorados con almas de kamikaze acelerando sus scooters en la acera, he empezado a pensar en otra teoría. Tal vez, tal vez, no digo todos, algunos, muchos de estos hombres jóvenes con bastones están fingiendo la cojera como el Papa finge su intención de castigar a los curas pedófilos.

En el Banco donde trabajo, cada día son dejados varios bastones. Y uno se pregunta, ¿qué cojo real va a dejar olvidado su bastón? Es decir, usted viene cojeando a cambiar un cheque que recibe de la Ciudad, del Welfare, por su disability, por su cojera, y mientras firma el dorso del cheque pone su bastón a un lado, y ha sucedido un milagro, sin bastón hace la fila y sin bastón agarra sus dólares y sin bastón se va a gastar lo que ningún trabajo le ha costado, si no contamos el tener que levantarse a la una de la tarde de un martes de primavera.

Según mis investigaciones muchos de estos hombres jóvenes, nunca mujeres, están esperando un juicio, una demanda por una caída o accidente y por consejo de un abogado 1-800-PAIN-LAW, deben mantener la apariencia del hombre roto, de juventud malograda, que no va a poder cumplir con su sueño americano de trabajar 45 años sin parar hasta llegar a la vejez rodeado de nietos agradecidos por el pan nuestro de cada día. Y estos hombres jóvenes, juntos con otros cojos de la misma calaña y diferente causa, reclaman que la Ciudad los mantenga hasta que puedan volver a ser lo que antes eran, es decir, algo que nunca fueron, y se acostumbraron a recibir ese cheque semanal, esa rentita atorranta, como diría Roberto Arlt, que alcanza apenas para la comida y para los vicios, posiblemente deliciosos. Un cheque que si bien es un regalo, es también una maldición y un límite, un asesino de ambiciones y anhelos de mejor vida. El ser humano que se pasa los días, sin saber qué día de la semana es, trancado en un sótano jugando video juegos y viendo porno, contando las horas para la llegada de una limosna estatal, se vuelve un burro. Después de un tiempo su cojera física puede ser falsa, pero la cojera de su espíritu será genuina.

Bueno, dicen los vagos, digo, los cojos, los ciudadanos bastón, no importa engañar a la Ciudad. Pero es bueno recordar que esa abstracción sin dolientes llamada Ciudad es financiada por los hombres y mujeres de carne y hueso que trabajamos y pagamos impuestos coñazo. A mí me quitan más de 600 dólares quincenales fucking shit. Es decir, un tipo que no se ha casado ni ha tenido hijos porque no ha encontrado el gran amor de su vida está manteniendo una familia sin tenerla. Pero bueno, ¿quién quiere trabajar? ¿A quién no le gustaría ser mantenido por su linda cojera? Por eso acabo de llevarme uno de los tantos bastones olvidados en el Banco, para practicar, para en el próximo invierno, en la primera nieve, caerme frente a un Best Buy y decirle al doctor, "It hurts, me duele mucho, it hurts like a lot", aunque las radiografías exhiban una tibia, un astrágalo y un peroné capaces de soportar, sin cojear, el maratón de Manhattan.


Painting by Rufino Tamayo.





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