martes, julio 13, 2010

October 21, 1942 by Flann O'Brien

Qué vano, qué hablar de loro eso de que el conocimiento no es una carga. Algunas veces, cuando cansado por el intenso estudio, emerjo hacia el mundo de moda por una breve hora y emito palabras todas sin significados con alguna nonentidad, me piden que acepte la más abyecta ordinariez en el nombre de la "conversación". En ese momento uno quiere gritar. La lástima por la raza humana está sofocada, aunque sea por un breve momento. Una rabia estridente se cría con amenaza en el asiento de la razón. Conocimiento no es carga! Y pensar que yo, yo, yo, quien...

Yo he consumido todas las fuentes del conocimiento humano, llegado finalmente al final de toda la ciencia cósmica; soy un maestro del aprendizaje de cada nación, de todas las lenguas muertas o vivas, de cada literatura, Occidental o en el Este. El Arte en todas sus incontables manifestaciones, cada buena externalización de la sensibilidad humana y su arrogancia, cada obra donde el encanto y la nobleza se mezclan, estas cosas son comunes, para mí tienen la cualidad del pan. Yo he vivido en todas las sociedades, he visto cada flujo de la Naturaleza y el artificio humano, he estudiado al hombre bajo cada phasis de civilización. Lo he estudiado en lo salvaje y donde quiera que pueda asemblarse comunalmente. La influencia de credos, leyes, maneras, costumbres, tradiciones, todo, todo ha sido sujeto a mi escrutinio personal, pesado, considerado, a menudo encontrado queriendo...

Para un hombre en mi posición podría parecer que hay una fuente de felicidad y alegría. Uno podría pensar que yo pude haber descubierto la primavera perpetua de la felicidad en la sensibilidad del corazón. Oh, no! Para mí esta es una fuente sellada. El hecho es que soy un hombre sin afectos. Eso no es decir que no tengo corazón, porque soy susceptible de emociones profundas. Pero nunca, ¿tú me oyes?, nunca para los individuos. Soy capaz de reconstruir una ciudad que ha sido arrasada por una guerra cruel; de restaurar una colonia que ha sido reducida por alguna temida visita de la Naturaleza; de llevar trabajos de drenaje a grande escala donde las aguas hinchadas hacen miserables a los campesinos; de admitir en la comunidad humana a razas y gentes no bienvenidas por razones de pigmentación epidérmica; de visitar con grandiosa burla a bribones políticos que impondrían impuestos injustos; de redimir a la libertad a una horda de cautivos verminosos. Estas cosas haría. Pero, oye, en secreto mortal. Porque de verdad, vacío de todo amor por mí mismo, la aprobación pública es... nada para mí. Es hueca, vergonzosa, una falsa. Para mí es... inútil. No la quiero. Ofrecida, la rehuso. El individuo nunca toca mi corazón. Y la mujer! La mujer es para mí... un juguete. ¿Qué son las mujeres? Juguetes para una breve hora. ¿Y el hombre? El hombre es una máquina. A la colonia humana en esta tierra nada puedo darle pero mi lástima. Lástima es todo lo que puede esperar de mí.






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