miércoles, marzo 02, 2011

The Bubble (Part I)

Cuando la burbuja de las hipotecas explotó, es decir, cuando el fraude de las hipotecas se hizo público, yo trabajaba en un banco responsable de un gran por ciento del mercado, es decir, desde las primeras 24 horas de CNN se empezó a respirar un aire de catástrofe inminente, es decir, el valor de las acciones del banco empezó a caer como coco seco. Y yo, supe que mi vida iba a cambiar, que tal vez pronto iba a estar colectando un chequesito atorrante del desempleo, presentía un rompimiento con la rutina del último año. Recuerdo que contrario a mis compañeros de trabajo que tienen seres vivos dependiendo de ellos, yo no sentí miedo. He empezado nuevas vidas tantas veces que, a pesar de mis cuarenta años, todavía me siento atraido por el aire de aventura de la incertidumbre.

Pero el cambio fue de una índole mucho más íntima, el banco fue comprado a precio de pescado podrido y otro gigante financiero asumió la responsabilidad de depositarme religiosamente mi sueldo de hombre ordinario y sin futuro de aplausos. Ahora bien, yo vivía con mi tía y su amor por mí es tan grande que me alquiló el sótano por casi nada. Para mí, después de compartir por casi 16 meses un apartamento en Mercy Street de dos habitaciones y una sala donde se pueden abrir cuatro sofacamas y una camita sandwich con un número indefinido de primos y 4 tíos y un carajo de San José de Ocoa que muy bien puede ser conocido como La Serie que te mete en un lío poniéndote de fiador sin tu permiso para un celular de T-Mobile cuya cuenta fue enviada a Cobros Compulsivos o Colection haciendo que un abogado de apellido Goldman o Goldfeld o Goldhole deje 33 mensajes amenazando embalgar tu cuentica de cheques y tu certificado de 1,000 dólares al 2.10%, vivir sólo en el sótano era regresar a la normalidad, a las madrugadas de martes sin bachata, al despertar sin malos olores, a las películas suecas.

El sótano era una habitación grande apta para el comfort, dos habitaciones chiquitas necesitando reparaciones, una cocinita sin empañetar y sin estufa y un baño sin tina. Un palacio subterráneo con entrada independiente y escalera interna que comunica hacia el piso de mi tía donde siempre algo caliente y sabroso aromatiza el aire del soltero, cansado de arroz chino, de pizza, de sandwich de bodega, como en un poema de Verlaine. Sólo que mi tía no es una mujer rolliza de brazos salchicha alemana si no una mujer de cuello largo con un culazo que hace que a los taxistas dominicanos se les salga la baba cuando la ven barriendo la acera o reciclando basura.

Un atardecer, yo fumaba afuera entreteniendo a mi tía que reciclaba con guantes amarillos y sin asco, me dijo, tono de voz a tono con la última brisa del verano que pasaba en ese preciso momento: Voy a tener que alquilar habitaciones pa ayudame con el mortgage.

Atiende, me dijo el cerebro, pon atención, en este preciso momento empieza el fin de tu sórdida y humilde privacidad, en este preciso momento la muy publicitada depresión Bush te va a afectar directamente. Mi tía, para dar el ejemplo, arregló una habitación en su piso originalmente pensada para los regueros, y en un dos por tres se lo alquiló a un mexicano casi enano llamado Miguel. Y Miguel se instaló en nuestra casa con sus pocas pertenencias de ilegal, con la autorización de usar el baño en el sótano, es decir, compartirlo conmigo. A mí ese acuerdo me supo a mierda, considero a los hombres seres asquerosos, que usualmente dejan los baños en estado de emergencia. Pero Miguel me hizo quedar mal, resultó ser una excepción del género, deja el baño mucho más limpio de lo que lo encuentra. Pensándolo bien, mi tía hizo un buen negocio con él, trabaja en una bodega 7 días a la semana, paga a tiempo y gasta poca luz y poca agua. Pensándolo bien, Miguel hizo un buen negocio con ella, contrario a Flann O'Brien en Dublín, él encontró en el Bronx una habitación de precio razonable, limpia, clara y libre de escarabajos, para no decir nada de los beneficios sin precio de sancochos de costilla ahumada los domingos así como el toparse de vez en cuando con una mujer desnuda en el pasillo hacia el baño.





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