sábado, agosto 20, 2011

The Mexican and the Homeless

La primera vez que percibí a la gringa pude haber sido el hombre de Baudelaire arrojando monedas sueltas a una figura amorfa que se supone una mendiga, pero que en realidad es un zafacón de guineos podridos. Dos cosas diferentes, la figura amorfa mía sí era una homeless, y en esos días yo había acabado de llegar a NY, la caridad estaba restringida a mí mismo.

Después mi visión catalogó a la homeless como otro objeto inherente a la parada del Subway siempre en remodelación; otro mojón que en lugar de ser mamey lumínico y mudo siempre usaba ropa usada de camuflaje de la Salvation Army, repitiendo su dulce letanía, Gime some change please, give a cigarette. Si hubiese sido una camioneta Chevrolet, ya la hubiesen sacado de circulación por chatarra.

Rimbaud también escribió sobre una mendiga, sólo que esta iba agarrada de manos con su esposo mendigo, y era tan optimista que confundía los gusarapos con pecesitos en los charcos callejeros de Paris. Obviamente Willam Carlos Williams se refiere a una mendiga con eso de munching a plum on the street. Y Morrisey le dedicó a otra pajera de mendigos su hermoso Hand in Glove. Yo, tratando de emular a estos genios, tal vez un enfermo de cryptomnesia genuina digno de un veredicto de Inocente en un juicio sobre plagio, escribí un poema sobre una mendiga; pero para hacerlo más conmovedor, la hice haitiana y con un niño en los brazos, un elemento totalmente nuevo en la poesía mendicante.

Eyeless
En cada esquina de esta ciudad
hay una mujer haitiana
con un niño en los brazos
y 2 monedas por ojos.

A sus pies
algunos dominicanos perros kakis
se lamen sus partes privadas.

Toda ella está rodeada de sudor.

Y si miras para abajo
un signo de interrogación grande y amarillo
brilla en el pavimento.

La primeva vez que percibí al mexicano fue en la bodega de los hermanos boricuas. A menos de doscientos metros de la parada del Subway, es la preferida de los humanos regresando a sus casas después de un día de trabajo en Manhattan. Siempre hay una fila injustificada debido a la falta de habilidades matemáticas en uno de los hermanos. Uno por uno los clientes piden que se sume de nuevo. El mexicano trabaja de 2 de la tarde hasta el cierre, 7 días a la semana. Utility nato, como todo hombre cogiendo lucha en cualquier parte del mundo, hace de todo menos los sandwichs y, desafortunadamente, tampoco lo dejan atender la caja. Creo que no tengo que decir que no figura en ningún censo de ciudadanos legales viviendo en el Bronx o en cualquier parte de los Estados Unidos.

La tarde de hoy fue espectacular. Un día de verano de esos que uno siente, con esta crisis de presupuestos urbanos, que la Ciudad debería cobrar por lo menos un dólar por el aire sin humedad y otro dólar por la luz del sol. Un día para estar enamorado o para enamorarse. Salí a leer un poco de Mark Twain en mi Amazing Kindle (best purchase ever), alcé los ojos y vi al mexicano y a la homeless caminando juntos hacia mí. Ya ella no usaba ropa usada de camuflaje, vestía unos sweat pants Abercrombie y un tshirt rojo a todas luces medio nuevos.

Mis tíos opinan que, evidentemente, esta es una relación marcada por el interés de ambas partes (ella techo y cigarrillos, él greencard); inútil repetirles que para mí esa debería ser la definición de felicidad conyugal en una gran ciudad. Además, les dije, alzando la voz un chin, el mexicano le agarró la mano a la ex homeless en un pedazo de una calle del Bronx que, estoy segurísimo, no está siendo, ni nunca será, vigilada por ningún fucking cónsul.





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