domingo, octubre 14, 2012

The Tale of Snobs


Mi primer recuerdo intenso con Abel fue en Bonao en el 1980. En ese mismo año mi tío Orlando concursó en el Festival de la Voz de Radio Nóbel; cantó "Quiero abrazarte tanto" y Mamatata atribuyó a sus oraciones a Santa Clara el que su hijo no haya sido linchado. Mentiría si digo que presentí algo diferente en Abel. Era un niño y los niños no pueden ponerse a beber vino y sentarse como Nostradamus a predecir calamidades donde siempre alguna torre se derrumba. Es como aquello de Roberto Arlt sobre la vieja que vaticina la mezquindad de los nuevos vecinos del barrio, y casi siempre acierta, porque los seres humanos somos intrínsecamente malos.

Para ese tiempo yo pintaba. Corrijo. Para ese tiempo yo me sentaba a garabatear con crayolas imágenes aquarelas aguamarinas. Mi éxito entre los futuros hombres del colegio fue "Mujer Diciendo Adiós con los Panties". La cosa sucedía en un puerto, un barco zarpaba; la mujer era alta y esbelta con vestido corto; había brisa y se le veían las puntas de las nalgas. Cuando mamá la vio me dijo, "Es triste". Cuando papá la vio me dijo, "Ta como muy flaca".

La maestra de Geografía puso de tarea dibujar el mapa de la isla, versión Hispaniola. Antes de pintarlo ya yo lo había pintado. Me gustaban mucho los nombres de los Cacicazgos: Marién, Maguá, Maguana, Higüey, Jaragua. Un 100 seguro. Abel se acercó a la salida, me ofreció un peso si le pintaba el suyo. Así que desde que acabó "Sombras Tenebrosas" yo salí corriendo de casa de Abel con un adelanto de veinticinco centavos en mis bolsillos. Afuera había un apagón, todo estaba muy oscuro y ya casi a salvo en la galería de mi casa me topé de frente con mi tía Mariluz, que en ese tiempo parece que era trendy que las mujeres tuvieran los brazos llenos de pelos, y en la cara bigote, y en los dedos las uñas bien largas. Yo tiré un grito "El HOMBRE LOBO", y le di un trompón en una teta.

La profesora de Geografía nos pidió a los dos que nos quedáramos un rato cuando se acabó la clase. Era viernes, y los caballos estaban ensillados para ir a la loma con los primos. No importó que Abel llorara y negara. Tampoco importó que yo me quedara callado y me orinara. Mi papá no me dio golpes en mi casa, mi mamá debió haber tragado, me mandó a bañar y siguió barriendo o cocinando mientras escuchaba también a Leo Marini. La verdad no recuerdo la última pela que recibí de mis padres. Algunas cortadas de ojos, par de chancletazos, uno que otro cocotazo, pero no una pela en forma. Señores, que hay niños a los que les dan muchísimos palos. Y no estoy hablando de Irlanda en los tiempos de Joyce. El papá de Abel no se quedó callado. Era diputado, y fue, y se encerró con el director, y la nota de Abel subió a 70. Abel se negó rotundamente a pagarme los setenta y cinco centavos que restaban de nuestro pequeño trato corrupto. Se incomodó, alegó mala actuación de mi parte, hizo muecas, me chantajeó con orines, pretendió enemistad, su voz subió una octava, pero de dinero nada.

El segundo recuerdo intenso con Abel fue en la Havana en el 1996. Me topé con él en el lobby del hotel, y pensé que nunca le pondría a un hijo mío el nombre del primer muerto de la humanidad, según la Biblia. Él andaba con varios lambones y ya tenían varios días fatigando la infamia. Tenían ese tufo a turista que sabe aprovechar la ventaja de los dólares en un país pobre, que paga a menudo por sexo, y además regatea. Yo estaba enamorado de una habanera con nombre de diosa por un mes, Junia. Renté un Renault. Me interné en los apagones de la ciudad, brevemente. Fuimos a muchos lugares en su capital a los que ella no podía entrar sin mí. Fumamos mucha yerba mala. Ella hacía un joint con una hoja entera de una mascota, papel de arroz ricochico. Me llevó a su casa, su madre me cocinó cerdo bajo la tenue luz de un solo bombillo amarillo y frió plátanos maduros para todo el negro, rubio o mulato que apareciera por ahí. Dormíamos juntos en el comfort de aire acondicionado del hotel. Se maravillaba con los anuncios de delivery de pizza. Tan linda, nunca había comido un hamburger, tampoco sabía quién era Dino el de los picapiedras. Pero amaba a Cortázar, y se le hizo fácil amar a Twain. Una noche, después de bailar mucho son, subíamos desesperados hacia mi habitación cuando la puerta del ascensor se abrió en el piso de Abel. Como diría Shaun Ryder: we didn't know what we saw, but we knew it was illegal. Como diría Onetti: aquello era un asunto de chulos y jineteras, una que otra menor.

El tercer recuerdo intenso con Abel fue aquí en el Bronx en el 2010. Yo estaba visitando a mi tía Mariluz, felizmente casada por más de veinte años y sin bigote por más de diez. Ella, como siempre, tenía puesto un canal dominicano. Entre los titulares de las noticias estaba que un senador de provincia había muerto por haber vivido cien años. El presidente del país en agradecimiento a la gran labor de este gran hombre le cedió su puesto en el congreso a su primogénito Abel. Un ladrón dominicano con saco Armani discurseó, yo escuché a Thackeray:

"Sus méritos fueron tan grandes que sus hijos deben gobernar sobre ustedes. No importa en lo más mínimo que su hijo más viejo sea un canalla." 

Mi tía Mariluz y yo nos miramos deteniendo la cucharada de sancocho en el aire, cerquita de la boca. No sé ella, pero yo estaba pensando que la Biblia está llena de mentiras.





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